miércoles, 8 de mayo de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XXIX (09.05.2013)


Iñigo Aldai y Lucas pasaron por delante de la taberna de Perucho, pero no entraron. El Capitán, que  ya había estado en ella cuando buscando al ex Regidor habló con Benito Riaño, no creía probable que Leopoldo López estuviera allí y mucho menos llevando a Marta, si, como suponía, trataba de pasar desapercibido y con mayor razón en una población donde podía ser reconocido, así que una vez que llegaron al monasterio, el Capitán le dijo a Lucas que, dado que atardecía – el sol se hundía tras el Teleno – buscarían donde alojarse y al día siguiente recorrerían nuevamente la Villa en un último intento de búsqueda en sus calles. Si resultaba infructuoso, se dirigirían al sur para reanudar la búsqueda desde Malgrat, pues era el único lugar en el que sabían seguro que Marta y su captor habían estado.
Encontraron una hospedería  a unas cien varas de la iglesia de San Pedro, en una calle que partía de la plaza delante de la iglesia.
No era costumbre pedir a quienes pretendían alojarse que se identificaran y menos aún cuando pagaban por adelantado, como era el caso de aquellos dos forasteros que estaban subiendo  la escalera de madera que llevaba a su alojamiento, seguidos con la mirada por el posadero. Ya en el aposento, el Capitán se quitó la capa de peregrino que Lucas había comprado en Malgrat y colgó  la espada de un gancho en la pared y sobre ella, ocultándola, la capa.
No habían comido y ambos tenían hambre. El Capitán le dijo a Lucas que bajara a pedirle al mesonero algunas viandas – preferiblemente carne – le dijo al tiempo que le entregaba unas monedas para su pago - y vino – añadió.
El mesonero, sin clientes,  parecía dormitar tras el mostrador, pero se espabilo al oír el crujido de las maderas cuando Lucas bajaba la escalera.
- Prepara abundante carne para mi  y mi Señor y una jarra de vino – le dijo Lucas – pues estamos hambrientos.
El mesonero, sin contestar, entró en la cocina donde una mujer, seguramente su esposa, atizaba la lumbre en la que sobre un trébede había una olla y tras decirle algo – que Lucas no pudo oír –regresó al mostrador.
- Estáis de suerte – le dijo a Lucas – pues enseguida estará cocida la berza que os serviré con un pernil de cerdo, pan de avena y un buen vino de esta comarca.
- ¡ Ah, y un trozo de queso también¡ - añadió Lucas
- De verdad que parecéis estar muy hambrientos- comentó el posadero – Veo por vuestras ropas que sois peregrinos a Santiago ¿venís de muy lejos?
- Si y no – contestó Lucas con desgana.
El posadero tenía ganas de hablar, tanto para matar el aburrimiento como para dar tiempo a que su esposa terminara con la berza, pues con lo que ya había cobrado por el alojamiento y lo que pensaba cobrar por tan exquisita cena, la ausencia de clientes durante todo el día quedaba sobradamente compensada, así que  trataba de parecer amable.
- Tu Señor debe ser hombre de medios, pues sólo quien los tiene peregrina con criado y buenos caballos, como esos que habéis dejado en el corral.
- Mi Señor es hombre importante y yo no soy su criado, sino su escudero – contestó eludiendo hacer referencia a la hacienda del Capitán.
- ¿Escudero dices? ¿Es  entonces hombre de armas tu Señor?
- Así es. Es caballero  e hidalgo y ha luchado en muchas batallas contra el musulmán y también en la de Las Navas– contestó con orgullo Lucas.
- ¿Y cual es el nombre de ese caballero defensor de la Cruz? Te lo pregunto para poder presumir que en esta posada se ha alojado alguien que ha luchado en esa famosa batalla de la que, dicen, se hablará durante siglos.
- Su nombre es Iñigo Aldai- contestó – y no me preguntes más, pues la modestia de mi  Señor es tan grande como su valor.
- ¡Aniceto¡ - llamó la mujer desde la cocina.
- Ya debe estar la berza – le dijo Lucas – Vete, que el hambre tiene las garras muy afiladas.
No tardó es salir el posadero con  el pernil y las berzas humeantes en una bandeja de madera, que dejó sobre el mostrador.
  -  Ahora   te preparo el pan, el queso y la jarra de vino, pero tendrás que  ayudarme a subirlo, no sea que tropiece y me caiga y entonces os quedéis sin cena.
El Capitán y Lucas cenaron en silencio, abstraídos  cada uno en sus pensamientos. Cundo terminaron, se tumbaron sobre los jergones no sin antes apagar las velas de sebo que iluminaban la habitación, que quedó iluminada solamente por la tenue luz de las estrellas - había Luna nueva – que entraba por un ventanuco.  Lucas cerró los ojos y dejó que sus pensamientos volaran hasta la herrería de Cuéllar donde Ana, a esa misma hora, estaría durmiendo o quizás pensando en él. Mantendría esos  pensamientos hasta que el sueño llegara sin que se diera cuenta, pero al cabo de un buen rato, una sensación parecida a lo que podría ser mala conciencia, hizo que abriera los ojos y disimuladamente mirara al Capitán, tumbado en jergón a su derecha. Pudo ver que no dormía y se imaginó en qué tendría ocupados sus pensamientos y eso  hizo que se sintiera mal, pues  mientras sus pensamientos eran placenteros, los del Capitán serían muy, muy tristes. 
Lucas no había perdido a nadie de su familia, pero suponía que cuando la muerte te arrebata un ser querido, se debe sentir un dolor muy intenso; pero aceptado el hecho  de que  la muerte sea un suceso natural e irreversible, saber que esa persona descansa en paz y en lugar sagrado, hace que ese dolor languidezca con el paso de los años hasta casi dejar de sentirlo; mas cuando el ser querido está desaparecido, cuando te ha sido arrebatado, al dolor de la ausencia se suma el de no saber ni dónde, ni cómo pueda estar sin que pueda debilitarlo el paso del tiempo. Seguirá aferrado al corazón como el azor a su presa hasta que ese ser querido, ya sea vivo o muerto, aparezca. No podía imaginar cuan intenso era el sufrimiento de su Capitán, pero estaba seguro que su corazón sangraba y eso le hacía sufrir a él también.
Oyó chirriar de los goznes del portón de la posada – será que el posadero cierra el establecimiento, pensó – y así era, sólo que  Aniceto cerraba porque salía de la casa y siguiendo calle abajo se dirigía al cuartel de los alguaciles, allí cerca.
- … y no está solo, sino que le acompaña un  muchacho que dice ser su escudero.
- ¿Estás seguro que se llama Aldai? – le volvió a preguntar el jefe de los alguaciles.
- Si, si, como os lo digo. Fue su escudero quien me dijo su nombre, aunque no quiso contarme nada más- contestó.
- Has hecho bien  avisándonos- dijo el alguacil – Ahora vuelve a la posada y compórtate como si nada de esto hubiera sucedido.
Los alguaciles que desde hacía días patrullaban por la Villa buscando sospechosos del doble asesinato en la casa del puente, habían advertido a los mesoneros, posaderos y taberneros que si acudían a su establecimiento forasteros y algunos se llamaba Alai o  Malai, o algo parecido, que les avisaran, y eso era lo que acababa de hacer Aniceto, el posadero.
Al dilúculo, los tres alguaciles y su jefe se dirigían a la posada.

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