domingo, 19 de mayo de 2013
IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XL (20.05.2013)
Oono, con el equipamiento que en su día había solicitado al Capitán para poder cruzar sin sobresaltos el territorio musulmán, decidió iniciar el arriesgado viaje de regreso a su aldea africana.
El no podía pedirle al Padre Gumersindo que le hiciera llegar noticias sobre el regreso del Capitán y su esposa, pues una vez que abandonara la Villa, todo serían incertidumbres. Desconocía el cómo, el cuándo y el dónde. ¿Cómo podría conseguir atravesar el territorio musulmán sin ser capturado? ¿Cómo cruzaría el mar que le separa de su aldea? ¿Desde dónde lo intentaría? ¿Cuándo pondría pie en la tierra de sus antepasados? ¿Cómo encontraría a su gente, a su familia, si algo quedaba de ella? Podría pasarse el día haciéndose preguntas sin encontrar las respuestas, y eso no era lo peor, pues esas preguntas se las tendría que hacer todos y cada uno de los días que durara su viaje para poder prevenir los riesgos que le acecharían durante su largo camino a tierras africanas.
Cuando la noche anterior a la partida le anunció al Padre Gumersindo su intención de marchar al amanecer y este trató de hacerle desistir exponiendo los riesgos de tan largo viaje, Oono le dijo que no desconocía que podría tener muchas y serias dificultades, incluso cabía la posibilidad de perder la vida si los muslimes le capturaban, pero… tenía que ir, necesitaba ir o, al menos intentarlo; si no, su vida carecería de sentido pues sus antepasados y su propio padre, se avergonzarían de él.
Aquella misma noche se despidió de Pergentino y de los soldados que quedaban de guardia en la ciudadela.
Con la primera claridad del día, cruzaba la puerta de Santiago en dirección al sur. Desde la estrecha ventana de su aposento, el Padre Gumersindo le siguió con la mirada. ¡Qué hombre tan singular- pensaba -y no sólo por su fortaleza física sino por la grandeza de su corazón y la sabia sencillez con que afrontaba la vida¡ La noche anterior le había dicho que cuando el Capitán y su esposa regresaran, él lo sabría por sus antepasados. Deseaba de todo corazón que pudiera llegar sano y salvo a su aldea y por ello rogaría a Dios cada día. Cuando cruzó la puerta de la muralla supo que esa sería la última vez que le vería, al menos en este mundo.
La marcha de Oono había sumido en la tristeza tanto al Padre Gumersindo como a Pergentino Menéndez, jefe de la tropa de la ciudadela. Ambos comprendían su deseo de regresar a la tierra africana, a su aldea norteña de la que había sido arrancado violentamente dos años antes por los bereberes masmudas. Necesitaba volver a sus raíces, aún sabiendo que no encontraría a su padre, asesinado aquel fatídico día en el que sus captores entraron en la aldea y se llevaron a los hombres fuertes para venderlos como esclavos en Marrakech. Quería saber qué quedaba de su pueblo, de sus gentes, de sus rebaños. Su vida no tendría futuro si no se reencontraba con su pasado. El capitán Aldai, Alcaide del castillo, su amigo, le había proporcionado caballo y medios para adquirir vestimenta y armas que le permitieran cruzar al- Andalus disfrazado como soldado magrebí y llegar al puerto de al-Mariyya desde el que trataría de enrolarse en cualquier tarida o bajel que partiese con rumbo a la costa africana.
Había retrasado su partida a causa de los acontecimientos del veintitrés de junio, cuando la esposa del Capitán fue raptada, pero había pasado un mes y nada se sabía del Capitán distinto a lo que habían hablado hacía dos semanas y media cuando llegó el nombramiento de Pablo Isasi, el actual Regidor de la Villa, como Alcaide accidental. El regreso del Capitán, si se producía y eso sólo ocurriría si rescataba a Marta, su esposa, podría demorarse semanas, meses e incluso años, así que con el corazón sangrando de dolor por la marcha que se viaje de incierto final. veía impelido a realizar, aquella luminosa mañana del diez y ocho de julio, al alba, cruzó por última vez la puerta de San Basilio, iniciando así un peligroso
Pergentino Menéndez desde el adarve y el Padre Gumersindo desde la Torre, vieron como Fabián, su amigo, se despedía de él con un abrazo y como permaneció allí siguiéndole con la mirada hasta que desapareció entre los pinares que cubrían aquella llanura inmensa. Nunca más le volvieron a ver y cuando en algunas ocasiones se preguntaban si habría conseguido realizar el sueño de regresar a su tierra, la respuesta positiva estaba dictada por el deseo de que así fuera y no por la existencia de prueba alguna que lo confirmara. Meses más tarde, un viajero que procedente del sur, llegó a la Villa, contó que en Gádor había oído hablar de la ejecución de un fornido negro que, según decían, hablaba cristiano. Cuando esta noticia se conoció en el castillo, y aunque no tuvieran la certeza de que se trataba de Oono, la tristeza inundó el corazón de sus moradores y fueron muchos los que, cuando creían que nadie les veía, dejaron que las lágrimas aliviaran su dolor.
Poco tiempo había permanecido Oono entre ellos, pero fue el suficiente para que los recelos iniciales, cuando asumió la tarea de instruir a los soldados en el manejo de la espada y de la lanza, se mudaran en respeto y afecto, pues a todos cautivó su sencillez y su bondad, aparentemente impropia- pensaban - de un hombre negro, de su corpulencia, y además no cristiano.
El corazón de Fabián lloró durante muchos días y su tristeza lo arrastró a una profunda melancolía. El Padre Gumersindo intentó en varias ocasiones consolarle apelando a su fe en Dios, pero fue en vano. Ni siquiera Pablo Isasi, que le habló en la lengua de los vascones, consiguió que recuperara su ánimo.
Fabián sabía que había un único lugar en el que mitigar su dolor y así se lo dijo al Padre Gumersindo. Regresaría a su caserío de Mariaca, con su rebaño de ovejas latxas y sus dos bueyes, entre los hayedos y robledales y, a la sombra de la parra bajo la que él y Oono habían bebido txakolí, recordaría los días que ambos habían compartido, y así lo imaginaría vivo, llegando a su aldea y reencontrándose con su pueblo, al que al atardecer, sentados todos en torno a la hoguera, les hablaría de aquel valle amurriano regado por las plateadas aguas del Nervión, de las nieblas deslizándose suavemente por los despeñaderos de Sierra Salbada hacia el valle de Orduña, de las pruebas de fuerza de los domingos delante de la ermita de san Antón de Armuru, y por las noches, miraría el cielo infinitamente estrellado, pensando que su amigo, quizás a esas horas, estaría también mirando las mismas estrellas y …
No pudo continuar, pues la emoción le quebró la voz.
- Dijo el Señor: bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios, así que regresa a tu amada tierra, que Él te reconfortará y a nuestro querido amigo lo tendrá en Su gloria.
Estas palabras del Padre Gumersindo aligeraron la carga de tristeza que pesaba sobre su corazón, pues para Dios todos somos sus hijos – pensaba convencido – ya sean blancos, negros, cristianos o de cualquier otra religión y al final de la vida de cada uno, les juzgará no por su pertenencia a un pueblo, raza o religión, sino por la rectitud de su corazón, por su obrar de acuerdo con los dictados de su conciencia, pues esa es la forma en la Dios nos hace llegar Su voz.
Al amanecer del día siguiente al de esta conversación con el Padre Gumersindo, Fabián de Mariaka, el campesino que honró a su casa y a su pueblo como campeón del Rey Alfonso VIII en la justa celebrada en Toledo el día de Todos Los Santos del año de mil y doscientos doce, iniciaba el viaje de regreso a su caserío amurriano, quizás para nunca más volver.
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