IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XXIII (03.05.2013)
Si Astorga era referente importante para todos aquellos que peregrinaban a Santiago, Puente de Orbigo no le iba a la zaga, pues su puente de piedra de diez y nueve ojos era paso obligado para todos aquellos que caminaran o cabalgaran por el camino leonés a Compostela. El Capitán y Lucas pasaron por delante del hospital para peregrinos que habían fundado los Caballeros de San Juan de Jerusalén junto a la iglesia de San Juan, en la margen derecha del Orbigo. Puente de Órbigo estaba en el otro extremo del puente de piedra. Era un poblado levantado a la sombra de la iglesia de Santa María sobre las que habían sido villas y casas de recreo de los hombres pudientes de Astorga durante la ocupación romana. Si el ex Regidor, que no había seguido el camino a Astorga desde Malgrat, lo había hecho por La Bañeza, estaría allí, al otro lado del puente. Pensar que Marta, su amada esposa, pudiera estar sólo a unas sesenta brazas, hacia que los latidos de su corazón se disparara y que el vello de sus brazos se erizara.
Cruzaron a pie y sin prisas el puente. El Capitán no quería que el infinito deseo que tenía de encontrar a su esposa le hiciera llamar la atención a las muchas personas que desde la parte más alta del puente podían ver al otro lado. La iglesia de Santa Maria estacaba sobre el resto de construcciones y ante ella había un grupo numeroso y heterogéneo que, seguramente serán fieles que han asistido a los oficios religiosos- pensó el Capitán- pues era domingo. Tras pagar el pontazgo, pues no eran peregrinos que iban a honrar al Apóstol, entraron en el poblado y con las cabezas cubiertas por la capucha, se acercaron al grupo, por si Leopoldo López y Marta estuvieran entre ellos. Lucas estaba tenso y la sangre parecía haber abandonado su rostro. Si la capucha no le ocultara, más de uno, viendo la palidez de su cara, pensaría que estaba muy enfermo. Llevaba la brida del caballo en la mano izquierda para dejar libre la derecha si por un casual – cualquier cosa se podía esperar de aquel maldito asesino y raptor de mujeres – tuviera que echar mano de su daga, algo que haría sin vacilar para auxiliar o salvar a la esposa de su Señor o a éste mismo si era atacado a traición.
Se volvió sobresaltado cuando alguien le tocó en un hombro y ya con la mano en la empuñadura de la daga, se volvió.
Un hombre corpulento, de pobladas cejas y abundante barba gris, miraba su mano aferrada al puñal, sin que pareciera impresionarle gran cosa.
- ¡ Calma, muchacho, calma¡ Nada has de temer de mí, así que puedes dejar que tu puñal siga dormido en la vaina, pues como os he visto cruzar el puente y pagar el pontazgo, supongo que regresáis de venerar los restos del Apóstol y sólo quería que me dijeras cuan seguro es el camino, pues a Compostela encamino mis pasos.
El Capitán, que iba un par de pasos por delante de Lucas y con toda su atención puesta en las gentes de grupo, no se dio cuenta de lo ocurrido.
- Te ruego que me disculpes, pero he de seguir a mi Señor y respecto de lo que preguntas, poco te puedo decir, pues no hemos ido más allá de Senabrie y sólo nos hemos encontrado con un grupo de bandidos a los que mi Señor puso en fuga. Y ahora si….
- Espera un poco, sólo un momento. Dime ¿dónde os encontrasteis a los bandoleros? ¿En qué lugar del Camino? ¿Lejos o cerca de aquí? Es que no soy hombre de armas. Viajo sólo y peregrino por una promesa hecha al Santo.
- No recuerdo el lugar, pero no ha sido por este camino que pasa por Astorga, sino en el que va desde Malgrat, que queda muchas leguas al sur.
Mientras informaba a aquel peregrino, Lucas seguía con la mirada los movimientos del Capitán que ya se había alejado una ocho o diez brazas, por lo que trató de terminar aquella conversación lo mejor que pudo. De pronto se le ocurrió …
- ¿Has llegado hoy a este poblado o llevas ya aquí algunos días? – le preguntó.
- Llegué ayer por la mañana y quiero partir hoy uniéndome a algún grupo si puedo y si no solo, razón por la que te he preguntado por la seguridad del Camino.
- ¿No habrás visto, casualmente por aquí, a un hombre acompañado de una joven dama?
- Como tú mismo puedes ver, hombres acompañados de mujeres no faltan, así que si no me dices alguna particularidad que les pueda hacer merecedores de atención, nada puedo contestar a tu pregunta, cuando, además, casi todos van con la cabeza cubierta - respondió el peregrino.
- Dices bien, pero aún así, te diré que el hombre tiene barba recortada, no es corpulento y medirá algo más de seis pies. La dama tiene el pelo del color del cobre y sus ojos son … bueno, nada de esto sirve si van cubiertos, aunque ambos llevan caballo y es casi seguro que el hombre lleva las bridas de los dos. ¿Recuerdas algo así?
- No, y eso que me he estado fijando en las gentes buscando un grupo al que unirme. No, seguro que no. ¿Por qué te interesa? ¿Acaso son amigos tuyos?
- No, sólo conocidos de mi pueblo que sabía que por estas fechas peregrinaban a Compostela y era posible que nos cruzáramos en el camino.
-Gracias por tu información y como mi Señor se aleja, tengo que irme. ¡Que tengas buen viaje¡- se despidió.
- Gracias muchacho. Y tú también – contestó el peregrino.
Lucas informó al Capitán sobre la conversación que había tenido con el peregrino, pues no quería aumentar su ansiedad esperando encontrar a su esposa entre aquella gente.
La decepción de Iñigo Aldai era evidente. Un fracaso más en la consecución del que era el único objetivo de su vida. Si Marta no estaba en Malgrat y no había llegado a Senabrie; si tampoco lo había hecho a Astorga y no estaba en Puente de Órbigo ¿a dónde la habría llevado el miserable y ruin ex Regidor? ¿Por qué camino o en que dirección estarían cabalgando en estos momentos?
No podía saber que la sensación que sentía tanto él como Lucas de que Marta estaba cerca, era la expresión de una realidad, pues la carreta en la que Marta iba, guiada por fray Apuleyo y el postulante Gervasio a aquella hora, poco antes del mediodía, llenaba con su chirrido la calle principal de Villoria, apenas a algo más de una legua de distancia y yendo por el camino que conducía a donde ellos estaban.
Una vez más el destino parecía burlarse de Iñigo Aldai o se había aliado con aquel que tanto sufrimiento le estaba ocasionando.
El Capitán tomó la decisión de bajar hasta La Bañeza y si allí no la encontraban, volverían a Malgrat para empezar de nuevo, pues allí sí que había estado, según les dijo Silverio, el maese de cómicos.
Para coger el camino hacia La Bañeza era necesario cruzar el puente, por lo que tuvieron que pagar nuevamente el pontazgo a pesar de que el cobrador aceptó que les reconocía por haber cruzado en dirección contraria no hacía mucho, pero que él tenía que cobrar a cualquiera que usara el puente sin importarle cuántas veces lo hiciera, pues esas eran las órdenes de su Señor, pudiendo incluso, usar la fuerza para cobrar el peaje a quien se negara a pagar.
Al llegar al otro extremo del puente, montaron y salieron al trote hacia La Bañeza. El camino, al principio era ancho, aunque no llegaba con mucho a las veinticinco varas, permitiendo el cruce de dos carretas, por lo que iniciaron el galope. El Capitán tenía prisa por llegar a La Bañeza. Poco antes de llegar a Villoria se cruzaron con una carreta tirada por una mula y a la que no prestaron la menor atención, no así los dos frailes que iban en ella, unos de los cuales, el más viejo, ya había echado mano a la bolsa que llevaba bajo el hábito cuando los divisó a lo lejos, temiendo que pudieran ser asaltantes. Respiró hondo cuando pasaron a su lado sin detenerse. Deben de llevar prisa - le dijo el fraile del hábito blanco al del marrón.

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