sábado, 4 de mayo de 2013
IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XXV (05.05.2013)
Cruzaron el Órbigo por el puente de Villoria y ya por la margen derecha de río siguieron el camino que en menos de una hora les llevó hasta Puente. Gervasio llevaba la mula al paso, no tenía prisa alguna por llegar a Carrizo, pues sabía que una vez allí ya no volvería a ver aquella muchacha que llevaban en la carreta y que había alterado su paz interior. Por el contrario, fray Apuleyo ansiaba llegar cuanto antes, tanto para entregar la sal, objetivo de su largo viaje, como para dejar allí a la muchacha y poder regresar a Moreruela sin el inconveniente de su presencia, así como para que Gervasio recuperara el sosiego de su alma y sanara de la desazón de su cuerpo, por lo que con frecuencia le decía que apurara a la mula, pues aún quedaban muchas leguas de camino hasta Carrizo.
Pasaron con dificultad por delante de la iglesia de Santa María, pues además de los numerosos peregrinos que había en la plaza, también había algunas carretas y caballos que apenas les dejaron espacio para pasar.
El camino se alejaba notablemente del río una vez que pasaron el asentamiento de Villamor, a poco más de media legua de Santa Marina del Rey, villa de realengo que debía su nombre a la iglesia de Santa Marina, levantada a su costa por el tenente Gutierre Rodríguez, a quien Fernando II encargó su fundación y que aquel hizo uniendo los núcleos de San Lázaro, Santa Lucia y San Pelayo en torno a la iglesia. Fray Apuleyo le contó a Gervasio que tal hecho fue debido a que los productos agrícolas de las tierras de esos tres núcleos eran muy estimados y que el Rey, Fernando II los quiso para sí, por lo que concedió a la Villa carta puebla eximiéndoles de todo foro, tributo, pecho, pedido, facendera o moneda forera a cambio de que le entregaran la mitad de los cosechado, documento que fue ratificado por su hijo, Alfonso IX a la muerte de su padre, al ascender al trono de León, pactando además una Composición con el Concejo de la Villa en la que se le entregaría la mitad de las cosechas más la mitad de la producción de los molinos que se levantaran en su término. También le contó que en Santa Marina del Rey había dos alcaldes-justicias y tres regidores elegidos todos por los vecinos. Uno de los alcaldes-justicia era para los habitantes nobles o hidalgos, de sangre visigoda, mientras que el otro lo era para los mozárabes. Los regidores representaban a los núcleos de Córdoba, Las Eras y Caldemoros.
Con el traqueteo de la carreta y el poco dormir de la noche anterior, Marta sucumbió al cansancio y cuando Gervasio miró hacia atrás, la vio dormida. Su cara, limpia ya de sangre y barro y relajada, le permitió apreciar la armonía de sus facciones. No sabía si aquella hermosa mujer le había hecho algún embrujamiento sin que él se diera cuenta, pues cada vez que la miraba, sentía que algo oprimía su estómago y que su corazón se descontrolaba, como ahora le estaba ocurriendo. El codazo que en las costillas le propinó fray Apuleyo, liberó a su estomago de la opresión e hizo que su corazón se sosegara.
- Atiende al camino, no sea que ahora que estamos la final del viaje, volquemos por un descuido tuyo y perdamos la carga y quien sabe, incluso la vida, que no seríamos los primeros en comparecer ante el Creador aplastados por una carreta - le dijo justificando así el empellón que le había propinado.
- Fary Apuleyo ¿Creéis que la Abadesa de Santa María de Carrizo acogerá a esta mujer en el monasterio sin saber quien es? – le preguntó esperando una respuesta negativa.
- La Madre Renata, que así se llama la Abadesa, es una sierva de Dios muy compasiva, con un corazón generoso que no dudará ni un instante en dar protección a esta infeliz, al menos hasta que se recupera de su insania – contestó.
- ¿Pensáis que la hará postular para monja, incluso sin que ella recuerde quien es?
- No, no lo creo, pues carece de dote que entregar al monasterio, pero espero, y confío en que así sea por el bien de esta muchacha, que sirva al monasterio como conversa, que es una buena forma de servir a Dios. Y ahora calla y atiende a lo tuyo.
Cuando el sol estaba en lo más alto, Gervasio le pregunto a fray Apuleyo si paraban para comer algo pues estaba hambriento. El anciano monje no contestó, sino que sacó de la bolsa que guardaba bajo el pescante un pedazo de cecina que partió en dos, dándole uno a Gervasio al tiempo que le decía que utilizara una mano para comer y la otra para las riendas. Tenía prisa por llegar al final de su viaje.
- Pero fray Apueyo ¿y la muchacha? ¿queréis que la mate el hambre ya que no lo han hecho sus heridas?
- La muchacha duerme y, por lo que parece, tranquila. Ese es ahora su mejor alimento, así que deja de preocuparte que si tiene hambre ya la atenderá en el monasterio.
El camino era llano hasta Sardonedo por lo que la mula tiraba de la carreta sin gran esfuerzo, pero la pendiente que formaba para llegar al llano de Alcoba era pronunciada y por un momento temió fray Apuleyo que, tanto por la pendiente como por el intenso calor, la mula no pudiera con la carreta y su carga, así que mandó a Gervasio que bajara y subiera la cuesta a pie para aligerar el peso, y de buena gana hubiera ordenado lo mismo a la muchacha, pero estando esta aún débil, para poder caminar tendría que se ayudada por Gervasio y eso era algo que a toda costa quería evitar, pues bastante alterado estaba ya con su proximidad como para permitirle que la llevara en brazos.
Como era domingo, apenas transitaba gente por el camino y solamente en Alcoba vieron a algunas personas trajinando.
Habían llamado la atención de Gervasio unas extrañas plantaciones que, aunque no abundantes, se veían a un lado y otro del Órbigo, formadas por un sin fin de varales en los que se enroscaban plantas muy frondosas que llegaban a alcanzar – calculó – una tres o cuatro brazas de altura. Nunca había visto nada igual, así que quiso satisfacer su natural curiosidad.
- Fray Apuleyo ¿qué plantas son esas que trepan por los varales hasta tanta altura y que hasta ahora no había visto en ningún otro lugar?
- ¡Ja, ja ,ja ! - Las carcajadas de fray Apuleyo sorprendieron a Gervasio, que ignoraba que el monje supiera reír.
- ¿He dicho algo tan graciosos que os ha hecho reír? – preguntó molesto.
- Como dijo Salomón, Nihil novum sub solem o, lo que para ti es lo mismo, nada nuevo hay bajo el sol; y lo que me he hecho reír es que tu pregunta me ha recordado mi primer viaje, cuando hice a mi predecesor la misma pregunta que tú me has hecho y que a él le provocó también la risa, pues también le había ocurrido lo mismo años atrás.
- Pero ¿me vais a decir que planta es? – insistió.
- Te ilustraré y así, cuando tú tengas que hacer este viaje acompañado por un postulante curioso, podrás responder a la pregunta que, con seguridad te hará, de la misma forma que tú lo has hecho, así que presta atención, sin dejar de atender al camino, que la respuesta es larga. Como bien sabes, en el monasterio cada mañana el cillerero nos da una hemina de vino hecho con las uvas de nuestros viñedos y que cultivan los conversos. Pues bien, en algunas partes del Reino y sobre todo fuera de él, ya desde el tiempo de los romanos y especialmente los germanos y galos, toman otra bebida a la que llaman cervisia monacorum, por estar reservada su elaboración a los monasterios, que además de consumirla en sustitución del vino, proveen de ella a los nobles, y que parece que ya existía en tiempo de los sumerios, llegando a ser utilizada como moneda de cambio, tal como hacemos ahora con la sal y …
- Entonces ¿son esas las plantas con las que se elabora la cerveza? – le interrumpió.
- No, no son esas plantas. No seas impaciente y déjame continuar. La cerveza se obtiene de la fermentación de la cebada, pero no es hasta mediados del siglo pasado, cuando adquiere el ligero amargor que la hace más agradable al paladar. Y es ahí donde entran esas plantaciones que has visto. Son plantaciones de una planta llamada Humulus lupulus, o lúpulo, de la que se obtiene un polvo amarillo llamado lupulino y que es el que le da ese ligero amargor y aroma. Y, aunque te sorprenda, el origen de la fórmula es monacal, pues fue Hildegarda de Bingen, la Abadesa del monasterio de Rupertsberg, en Germania, la que la inventó.
- ¿Y decís que se consume en los conventos en lugar del vino?
- Y más en la Cuaresma, allá donde durante ese período está prohibido beber vino.
- Y vos ¿la habéis probado?
- Si. Cada vez que he venido a Carrizo, pues esas plantaciones que ves, pertenecen al monasterio y no solamente para elaborar cerveza en su propia cervecería, sino porque el lúpulo también sirve para curar el dolor de cabeza, tranquilizar los nervios, eliminar la ansiedad y para expulsar las lombrices del vientre, así como para carralejar las tentaciones del cuerpo en los hombres – dijo mientras de soslayo echaba una mirada a Marta, que seguía dormida, en una clara alusión a Gervasio, que no se dio cuenta del gesto.
- Si tiene todas esas virtudes ¿por qué no la cultivamos en Moreruela?
- Porque, aunque a veces se la puede encontrar las riberas de algunos ríos, no todas las tierras ni climas permiten su cultivo, y estas del Órbigo son generosas con el lúpulo. Y ahora, calla y cuida de las riendas, que el puente de Villanueva es estrecho y hemos de cruzarlo para tomar el camino que nos llevará a Santa María de Carrizo, a algo más de un cuarto de legua.
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