viernes, 24 de mayo de 2013

IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XLV (25.05.2013)

La Madre Renata había sido informada por la Priora de la petición de la recién llegada, la hermana María, para poder acudir a la iglesia cada día una vez terminado su trabajo en los dormitorios de la hospedería. La petición agradó a la Abadesa y a la Madre Mónica, la Priora, pues de la misma forma que la hermana Inés, veían en esta petición el embrión de una vocación religiosa que les complacía. La Abadesa, deseosa tanto de lograr la curación de la nueva hermana como de alentar su vocación, la citó en el claustro, algo insólito, pues solo las postulantes y novicias, además de las monjas, podían acceder a él. 
Pasearon largo tiempo por el luminoso y espacioso claustro al que entraba la luz por cinco grandes arcos de medio punto. La Madre Renata le habló sobre la Orden, su fundación, su misión en este mundo y la felicidad de servir a Dios teniendo como guía el Evangelio según el espíritu de San Benito, viviendo una vida sencilla y austera  compartida con sus hermanas,  en el  recogimiento, la oración y el trabajo.
Le animó a que cuando hablara con Dios, le pidiera que iluminara el camino que había de seguir para mejor servirle, y que confiara en Su infinita misericordia. También le prescribió la medicación que había de tomar cada día antes de acostarse, para que su sueño fuera plácido y así, estando su cerebro relajado, los recuerdos volverían a él más pronto. Ella misma podía preparase la infusión de lúpulo, pues esa era la medicina que había de tomar, pero, le recordó, sólo una vez al día, antes de acostarse.
Fuera por aquella charla, por los efectos de la infusión de lúpulo o por las visitas a la iglesia que había empezado a realizar y en las que encontraba una gran paz interior, o por todo junto, cada vez con más frecuencia, a lo largo de los tres días que llevaba en el monasterio, venían a su cabeza, aunque solo fuera un instante, imágenes de lugares y personas que no conocía, pero que le dejaban la sensación de que los había visto en algún momento de esa vida que permanecía oculta en su cabeza. Estas fugaces apariciones le hicieron concebir esperanzas sobre su recuperación, aunque sabiendo que esta podría tardar mucho tiempo, debía vivir hasta entonces con toda la normalidad posible su situación tanto en lo relacionado con sus actividades monásticas como respecto de ella misma.
Su harapienta capa y destrozado calzado, había sido sustituido por un sencillo hábito de lana cruda de color marrón, al contrario que las monjas, que vestían hábito blanco y sobre él el escapulario negro, y unas sandalias. No llevaba escapulario, aunque sí cubría su cabeza con una toca blanca. La Regla de San Benito no era generosa con el uso del agua para la higiene personal, estando reguladas las ocasiones en las que estaba permitido bañarse y estableciendo sanciones de gravedad para quienes vulneraran esta norma e, incluso la expulsión para quienes salieran del monasterio buscando agua caliente para hacerlo.
La hermana María, instruida en este sentido por la hermana Inés, trataba de ser respetuosa con la disposición, pero con cada día que pasaba, se sentía más incómoda. Su cabello cobrizo estaba enmarañado, áspero y rígido, haciéndole incómodo el uso de la toca. Tenía que acabar con aquella desagradable sensación, así que sacó agua del pozo y llenó una jofaina. No tuvo dificultad para conseguir jabón, pues en la hospedería había provisión de aquel que llamaban  de Castilla para atender a las necesidades de peregrinos u otros huéspedes que, en ocasiones, llegaban cansados después de una o varias jornadas  por los caminos, ansiosos de quitarse el polvo y la suciedad que cubrían sus ropas y cuerpos.
En una pila, detrás de la cervecería, lavó su cabeza y también los pies. Cuando los estaba secando con un trozo de paño, se dio cuenta de que en el dedo anular de la mano izquierda llevaba un anillo. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? ¿Tan grande había sido su abstracción? Si llevaba un anillo en su mano izquierda, es que era una mujer casada. Pero casada ¿con quién? ¿Quién era su esposo? ¿Tendría hijos? ¿Cuántos? ¿Dónde?  … 
- ¡Dios mío, ayúdame¡ - imploró en silencio.
Después, lentamente, extrajo el anillo de dedo. En su interior había algo grabado. Amor vincit omnia, el amor todo lo puede – leyó. Cerró los ojos dejando que esa frase llenase su cabeza. Buscó intensamente  en ella algún mínimo  recuerdo, pero todo intento se estrellaba contra un muro infranqueable. El esfuerzo realizado le produjo un fuerte dolor en las sienes. Seguiría intentándolo envuelta por  la paz y el silencio de la iglesia y si allí no conseguía encontrar respuesta o respuestas, estaba segura que, durante el sueño, todas aquellas preguntas danzarían alocadamente en su subconsciente buscando cada una de ellas su par con tanta intensidad, que de nada le iba a servir la infusión de lúpulo que le había prescrito la Abadesa para mantener su cerebro sosegado.
Sin prisa, se secó el cabello  que nuevamente volvía a emitir destellos cobrizos a la luz del sol, y después de notar con agrado que su tacto era sedoso, se colocó la toca.
Se puso el anillo y lo acarició con la esperanza de  que el amor de quien había mandado grabar  aquella leyenda en su interior, le diera la fuerza necesaria para derribar el muro que la mantenía alejada de él.
Aquel anillo había abierto una finísima fisura en el muro, insuficiente para provocar su derrumbe, pero ahora sabía, al menos, que había tenido una vida anterior compartida con alguien que la amaba y que, probablemente, estaría tan perdido como estaba ella, buscando en medio de la oscuridad una luz, aunque no fuera mayor que la de una luciérnaga, que le orientara, que le señalara el camino en medio de aquella  calígine para llegar hasta su amada.
Regresó a la hospedería y subió a su celda. Sentada en el borde del jergón, acarició nuevamente el anillo.  
- ¡Háblame¡ ¡ Dime quien te puso en mi dedo!- musitó- ¿Quién? ¿Quién?
Trató de imaginar cómo sería ese hombre, qué aspecto tendría su esposo. ¿Será  un noble? Seguramente noble o con hacienda – se contestó – pues un anillo de oro  no está al alcance de un plebeyo. ¿Será de su edad o mucho mayor que ella? ¿Alto y esbelto o tal vez barrigudo y feo? ¿Habrá sido un matrimonio por amor o convenido entre familias? ¿Será de corazón generoso y sensible o egoísta e inhumano? ¿Cómo serán sus ojos? ¿Cómo su mirada? ¿Podría encontrar las respuestas a esas preguntas cuando se volvieran a reunir? ¿Y si no era tal como su corazón lo deseaba y su imaginación lo creaba? ¿Estaría relacionado con él el accidente que había sufriendo?  ¿Por qué estaba ella sola cuando la encontraron los monjes? ¿Dónde estaba él en ese momento? 
Aquel vendaval de preguntas fluyendo incesantes en su cerebro intensificó el  dolor de cabeza. Se dejó caer de espaldas sobre el jergón y, cerrando los ojos, trató de dejar su mente en blanco. Si no controlaba su ansiedad, terminaría por perder la razón y, si eso ocurría, ya nada valdría la pena.

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