sábado, 25 de mayo de 2013

IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XLVI (26.05.2013)


Puso el caballo al paso para que se recuperara del esfuerzo hecho, pues desde que saliera de la hospedería de Santa María de Nogales aquella mañana, había galopado sin descanso urgido por el incontenible deseo de llegar cuanto antes a Carrizo. El golpeteo continuo de su pierna, aun débil, contra el correaje que sujetaba la silla, había hecho reaparecer, aunque no fuertemente, el dolor que ya tenía olvidado, por lo que ir  al paso un trecho también le permitiría descansar a él.
Había pasado casi toda la noche en vela pensando que en muy pocas horas tendría a aquella mujer nuevamente en sus manos. Sentía la excitación del arquero a punto de disparar su flecha contra un ciervo desprevenido. Había tensado el arco y  apuntado mientras la presa vivía ajena a todo allá en Carrizo. Se acercaba el momento del disparo.
Cuando a media mañana llegó a Jiménez, decidió dar un rodeo por el oeste para evitar entrar en La Bañeza. Cuantos menos testigos hubiera de sus andanzas, más difícil sería seguirle a donde fuera. No tardó en alcanzar la aldea de Xaxa Oxa donde vadeó el Duerna llegando hasta Santa Colomba. Recordaba bien el camino que llevaba hasta Palacios de la Val d’Ornia, pero como cuando estuvo alojado en La Bañeza no había tenido necesidad de recorrer las aldeas levantadas a orillas del Órbigo, el terreno  que ahora pisaba le era desconocido. Por esa razón no pudo cabalgar tan rápido como lo había hecho a primeras horas de la mañana. Llegó a una población llamada San Cristóbal de la Puebla Entera donde, discretamente, se informó sobre el camino que debía seguir para  ir a Carrizo. A media tarde, tras dejar detrás de sí el hospital para peregrinos levantado a orillas del Órbigo, frente a Puente, recorría al paso la larga calle principal de la localidad de Benavides. Recordó entonces que allí había enviado a su criado Gerondio para interesarse por los rebaños de merinas mientras él escapaba con Marta para Urueña. El camino recto y llano se ceñía al curso del río, cuyas riberas estaba pobladas por inacabables masas de chopos. 
A medida que avanzaba por aquella  llanura, acercándose por tanto a su destino, la sensación de urgencia que lo había dominado desde la noche anterior cuando supo donde se encontraba Marta, iba disminuyendo. Ya no tenía tanta prisa. Sabía dónde estaba ella y que de allí no iba a huir. Si como le había contado el hospedero de Santa María de Nogales, Marta no recordaba nada, ni siquiera su propio nombre, podría plantarse ante ella sin que le reconociese, pero aún si no fuera como aquel aspirante a monje le había dicho, era poco a nada probable que ella pudiera imaginar tantos días después de su huida en las cercanías de Santa Cristina de Polvararia, que él estuviera tan cerca. 
Leopoldo López se regodeaba con estos pensamientos hasta tal punto que una sonrisa de satisfacción mudó la rigidez habitual de su rostro.
- ¡ Ay, infeliz, que no sabes lo que te espera! Fui considerado contigo e incluso te respeté no ejerciendo mi derecho sobre ti. Quise ser amable y no te violenté cuando podía haberlo hecho, y a mi generosidad diste el desprecio y la huida fue tu pago. Ahora prepárate, pues bien vas a saber quien es tu dueño. Solo siento que, si es como dicen, nada recuerdes de tu vida pasada, pues vive Dios que ello impedirá que tu sufrimiento sea el que yo quisiera que padecieras por ti misma y por aquél que, sin derecho y usurpando  el mío con engaños y traiciones, te llevó al tálamo.
Ha llegado la hora de mi venganza y nada ni nadie lo va a impedir.
Esta reafirmación de sus intenciones pareció insuflarle una gran fuerza interior y la seguridad de la que hacía muchos días carecía. Ahora se sentía como siempre había sido: preciso y certero en sus análisis, seguro del éxito de sus planes y decidido a llevarlos a cabo frente a cualquiera que tratara de interponérsele.
Pudo ver a lo lejos las primeras construcciones de Carrizo y destacando entre todas, a su izquierda, la que supuso que era el monasterio al que se dirigía, pues sus paredes no tenían el color terroso de la obra con barro, como las de las demás, sino grisáceo, propio de la sillería caliza  y que, estando ya más cerca, pudo apreciar que era labrada.
Se detuvo a unas cuatrocientas varas del monasterio imaginándose a su desprevenida presa allí dentro. Nuevamente una sonrisa se dibujó en su cara.


El capitán Aldai y Lucas deshacían el camino recorrido exigiendo a sus caballos el mayor esfuerzo. El afortunado encuentro con Gervasio había acortado de forma considerable la búsqueda ya que había eliminado la incertidumbre del paradero de Marta así como su estado. Ahora sabían dónde estaba y también cómo se encontraba. El hecho de que ya no estuviera en manos del  abyecto, ruin y canalla  ex Regidor de Cuéllar, había extraído del corazón del Capitán uno de los puñales que lo estaban desangrando. 
Aquel muchacho les había dicho que estaba herida cuando la encontraron en el camino, seguramente producida durante la huida, porque de ser obra de su captor, no iba a ser la Justicia del Rey la que dictara sentencia, sino que él mismo lo haría tan pronto lograra atraparlo, y esta sentencia no podía ser otra que la de separarle la cabeza del tronco, aunque el tomarse la justicia por su mano le ocasionara remordimientos de conciencia durante toda su vida, pues sabía que aunque sintiera dolor de contrición, por la firme voluntad  que tenía de hacer lo que pensaba, aún sabiendo que su proceder no sería grato  a los ojos de Dios, no podría ser absuelto.
Si la pérdida de su memoria se debía a la herida sufrida, necesitaría de los conocimientos de la ciencia médica y de los máximos cuidados para recuperarla, pero sobro todo, por encima de medicinas y tratamientos, iba a necesitar algo que él podía darle sin límite alguno, su amor. Y si a pesar de todo, su vida pasada quedaba en el olvido sin llegar a recordarle, estaba absolutamente convencido de  que el amor que sentía por ella avivaría alguna chispa que aún quedara encendida en su corazón, para que en éste  ardiera, otra vez el fuego de los sentimientos hacia él que  aquel día de Epifanía del año anterior habían confirmado ante Dios y los hombres en la iglesia de San Martín, en Cuéllar.
Tenía motivos para que el dolor de su corazón se aliviara y algunas leguas por delante para que ese alivio fuera mayor, ya que no lo sería pleno mientras su amada no estuviera con él y totalmente recuperada. Ahora reunirse con ella y llevarla a su casa, a su hogar en Cuéllar, era lo más importante. Ya tendría tiempo de ocuparse de la localización y captura del ex Regidor.
Lucas tuvo que gritarle para que aflojara el galope pues su jamelgo, aún al límite de sus fuerzas, se iba quedando rezagado.
Contrariado, el Capitán redujo la marcha lo suficiente para que Lucas se pusiera a su lado.
- Lo siento mi Señor, pero mi caballo no es lo suficientemente veloz para seguiros y ni siquiera creo que pusiera mantener este ritmo una legua más.
- No te falta razón Lucas. Ni tu caballo ni el mío podrían soportar durante mucho tiempo el galope que traíamos. Saber por fin, después de todas estas semanas de zozobra, donde se halla mi esposa, me ha hecho descuidar la prudencia. Cabalgaremos lo más rápidamente que podamos atendiendo a las posibilidades de tu jamelgo, ya que lo peor que podría ocurrirnos, estando tan cerca de culminar nuestra búsqueda, sería que reventáramos a estas nobles y poco  exigentes criaturas.
A partir de aquel momento llevaron los caballos a un trote ligero que en poco  más de dos horas, les llevaron a la altura de San Esteban de Nogales, cerca de donde se levantaba el monasterio de Santa María. En San Esteban, el Ería tomaba dirección oeste mientras que el camino que tenían que seguir lo hacía hacia el norte. El terreno llano hasta entonces, empezó a ser ondulado, con colinas que, si bien no eran de notable altura, obligaban a  las monturas a un esfuerzo mayor hasta que llegaron La Portilla, donde empezaba la bajada al valle del Jamuz. No prestaron la atención que la belleza del valle se merecía, como lo había hecho Gervasio en su viaje a Carrizo, pues cada uno de ellos iba con su pensamiento puesto en aquello que más aceleraba el ritmo de sus corazónes. Los pensamientos de Lucas habían volado hasta Cuéllar, hasta la herrería donde, como cada mañana Ana, su princesa, llevaría el desayuno a su padre. Después de tantas semanas ausente – se preguntaba- ¿seguiría ella acordándose de él o pensando que podrían pasar meses o incluso años hasta que regresara, intentaría olvidarle? Se hacía esta pregunta para torturarse, pues sabía que los sentimientos hacia él que sus ojos le habían transmitido, no sucumbirían ni mudarían con el paso de tiempo, ya fueran semanas, meses o años.
Los pensamientos de Iñigo Aldai eran de otra índole. ¿Me reconocerá cuando me vea? ¿Su olvido del pasado alcanzará también a sus sentimientos? ¿Y si no me reconoce como su esposo, accederá a regresar conmigo a Cuéllar? ¿Qué hacer si dice no conocerme y se niega a acompañarme? ¿Autorizaría el monasterio, bajo cuya protección estaba, que  aún así pudiera llevármela? Sin darse cuenta se fijó en el anillo que llevaba en el dedo anular de su mano izquierda, con la que asía la brida del caballo. Recordó la leyenda que había mandado grabar en su interior cuando puso otro idéntico y con  el mismo aforismo en el dedo de ella: amor vincit omnia. Ese amor era lo suficientemente fuerte para vencer cualquier obstáculo que pretendiera mantenerle separado de su amada esposa.
Cuando en el monasterio de Sancti Salvatoris, de La Bañeza, llamaban a la oración de la hora nona, cruzaban el puente que salvando el Tuerto conducía  a Requeixo de Alarico. El camino, siguiendo el Orbigo, ya les era conocido pues lo había recorrido  días antes en dirección contraria.
Tres horas más tarde, entraban en Carrizo.

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