viernes, 3 de mayo de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XXIV (04.05.2013)

Cabalgaba despacio y no era tanto por la molestia de la pierna entablillada como por no saber por dónde empezar la búsqueda de Marta. Acababa de salir de Malgrat con la intención inicial de deshacer el camino que habían traído desde Urueña cuando tuvo que salir huyendo cinco días antes, pensando que ella pudiera haberse detenido en alguna de las aldea que encontrara a su paso para recibir ayuda o, simplemente, para alojarse; pero … pensar que ella había tomado ese camino para regresar a Cuéllar sólo era una suposición y  él no era hombre dado a hacer planes basados en suposiciones. La inseguridad sobre que estuviera haciendo lo más conveniente para lograr su objetivo, le hizo detenerse en medio del camino cuando aún no había recorrido un cuarto de legua desde Magrat. Necesitaba pensar y elaborar un plan de búsqueda que, aunque tuviera que construirlo sobre suposiciones, fuera racional. Habían pasado cuatro días desde el accidente que favoreció la huida de Marta, tiempo suficiente como para que hubiera llegado a Cuéllar, pero ¿sabría el camino para llegar? ¿podría haber llegado después del golpe que se dio contra la rama de un árbol al huir y que a punto estuvo de derribarla? Si resultó herida ¿habría buscado auxilio? En Malgrat, que era la población más cercana, ya había comprobado que no. ¿Dónde entonces? ¿Y si la herida no era de importancia y pudo seguir su camino sin dificultad? ¿Estaría entonces en su Villa? La distancia entre Malgrat y Cuéllar era de una treintena larga de leguas. Si un jinete podría cabalgar al día unas diez y seis leguas sin forzar al caballo, tardaría dos jornadas en ir de una población a la otra, lo que implicaba que había que pasar una noche durmiendo a la intemperie o en un posada, además de hacer, al menos, dos comidas, y para todo ello se precisaría disponer de algunas monedas, por lo que Marta – pensaba-  sí que podría haber llegado a su ciudadela en esos dos días si dispusiera de esos medios económicos, pero carecía de ellos y tampoco era una mujer que se atreviera a pasar la noche en pleno páramo sin protección alguna y con el temor de que él la estuviera siguiendo, por lo que la probabilidad de que se hallara ya a salvo en su castillo era muy remota, tanto que no la tomaría en consideración salvo que le fallaran todas la demás que pudiera construir.
Leopoldo López se mesaba la perilla mientras cavilaba con la mirada perdida en el horizonte. Suponiendo entonces  que no esté en Cuellar – pensaba - ha de estar o habrá pasado por cualquiera de las poblaciones que están en los caminos que llevan a la Villa de la que él fuera Regidor. Ya que no podía saber que camino había tomado ni quería actuar por intuición, decidió que lo racional era buscarla en las poblaciones principales que hubiera a lo largo de las rutas posibles y hasta una distancia igual a la que un jinete podía recorrer en una jornada.
Marta podía haber tomado el camino que pasa por Urueña en el que se encuentra la villa  amurallada de Alpando con sus cinco iglesias, lo que muestra la importancia que adquirió después de la repoblación llevada a cabo por Fernando II. Pero podía haber ido un poco más al sur pasando por  Villa Ardega, Belver de los Montes y Vece  Marván. Ambos caminos cruzaban el río Hornija, frontera entre León y Castilla, siendo el primero el que más cerca pasaba de Urueña y a él, nada le convenía  acercarse por esa Villa. Un tercer camino era el que partía de Malgrat hacia el sur siguiendo el curso del río Esla hasta la localidad de Bretó y desde allí  a Villa Fáfila, perteneciente el Señorío de la Orden de Santiago y fundada por Favila, segundo rey de la monarquía asturiana e hijo de Don Pelayo, para seguir hasta Villa Ardega y  Belver. Esta ruta era más larga que las anteriores, pero la mejor si se deseaba pasar sin notoriedad.
Calculó que recorrer esas poblaciones le llevaría un par de jornadas y todas ellas quedaban dentro de las diez y seis leguas, así que continuaría su marcha hasta la villa de Alpando y seguiría hasta Villa Ardega. Si no obtenía información que buscaba, continuaría hasta Villa Fáfila y Bretó. Recorrer aquella amplia comarca de la Tierra de Campos, le iba a exigir un notable esfuerzo a su tafanario, poco acostumbrado a pasar muchas horas sobre la silla, y una gran fortaleza mental para soportar el dolor de su pierna herida. Pero era necesario y además no tenía otra cosa que hacer en la vida que no fuera volver a tener en su poder a Marta De La Fuente para hacerla suya y vengarse de esta forma del maldito capitán Aldai.

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