sábado, 11 de mayo de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XXXII (12.05.2013)

Los insistentes golpes en la puerta del aposento, despertaron al Capitán y a Lucas. 
- Será el mesonero – dijo Lucas- ¿Le abro, Capitán?
- Es extraño, pues aún no ha salido el sol, no obstante abre la puerta y veamos que quiere- le respondió.
Lucas se disponía a deslizar la barreta de hierro por las armellas con que cerraba la puerta cuando, desde el otro lado, alguien gritó: 
      -    ¡Abrid a la Justicia! ¡Abrid a los alguaciles de la Villa!
Lucas se volvió y miró a su Señor con gesto de extrañeza- El Capitán, que había saltado del camastro, se estaba vistiendo la capa y ocultando con ella la espada.
- Abre, Lucas- le ordenó.
Al abrir la puerta, los tres alguaciles entraron con sus espadas empuñadas y, tras ellos, su jefe.
- ¿Cómo os llamáis? – preguntó dirigiéndose al Capitán, suponiendo que él muchacho que había abierto al puerta era su sirviente.
- Iñigo Aldai – contestó sorprendido
- Y este muchacho ¿quién es? –preguntó mirando a Lucas.
- Es mi escudero y responde al nombre de Lucas.
- ¡Daos  los dos presos en nombre de la Justicia del Rey¡- conminó.
- ¿Presos? ¿De qué se nos acusa? ¿Acaso hemos cometido algún delito? y si es así decidnos en qué hemos delinquido – inquirió el Capitán.
- Bien lo sabéis, así que ahora acompañadnos al cuartel y no intentéis huir, si no queréis ser muertos.
- Os acompañaremos sin resistencia alguna, pues ninguna ley hemos quebrantado. Vayamos con estos alguaciles, Lucas.
Salieron de la hospedería en el preciso momento en que dos transeúntes pasaban por delante de la puerta en dirección al centro de la Villa. Ver a hora tan temprana a los alguaciles escoltando a dos hombres y, por lo que parecía, en dirección al cuartel, les hizo suponer que se trataba de una detención. En cabeza iba Rosendo, el jefe; en medio Iñigo Aldai y Lucas; un alguacil a cada lado y el tercero cerraba el grupo. Uno de los transeúntes, que conocía a uno de los alguaciles pues era vecino suyo y que casualmente era el que iba en la zaga, se acercó a él y le preguntó que quienes eran.
- Son los asesinos de la casa del puente – le susurró.
La cara de asombro que puso hacía innecesaria cualquier palabra para describir el efecto que le produjo esa información. Cuando  se la trasladó a su compañero, ambos aceleraron el paso hacia el centro contando la noticia  a toda persona que encontraban en su camino. Para cuando el sol empezaba a elevarse sobre el horizonte del páramo, la noticia de la detención de los asesinos de la casa del puente era conocida en toda La Bañeza, por lo que no tardaron en formarse grupos de gente ante el cuartel, al principio comentando entre ellos  la noticia, pero a medida que el tiempo pasaba, los comentarios cada vez más descriptivos del aspecto de los detenidos que, según algunos era el propio de personas sanguinarias, malencaradas, de mirada torva que más parecía de demonio que de humano, fueron exacerbando el ánimo y no tardaron en producirse los primeros gritos de ¡ asesinos¡¡asesinos¡ ¡ a la horca¡ ¡ a la horca con los asesinos¡
En el interior del cuartel, el jefe de los alguaciles, interrogaba al Capitán mientras que en una dependencia aneja, un alguacil hacía lo mismo con Lucas
- Entonces ¿no niegas que la noche del jueves once estuviste en esta Villa con tu sirviente?
- Así es - contestó el Capitán.
- ¿Y dónde pasasteis la noche? Y no me contestes que en la hospedería.
- No entiendo la razón de vuestras preguntas así como tampoco los motivos por los que hemos sido presos. Podríais decirnos de qué se nos acusa y por qué esa gente de la calle nos llama asesinos?
- Primero contesta a mis preguntas, así que dime ¿dónde pasasteis la noche?
En la habitación contigua, Lucas respondía a la misma pregunta formulada por el alguacil.
- En una casa cerca del río y en la que vivía el que fuera Regidor de la villa de Cuéllar y consejero del Señor de Urueña, a quien buscaba– respondió sin dar más detalles.
- ¿Pretendes hacerme creer que el comerciante de Tortosa que tenía alquilada esa casa era ese que dices? – preguntó extrañado.
- Desconocía que se dedicara a comerciar – contestó – pero no tengo la menor duda de que quien vivía en esa casa era la persona que digo.
- ¿Y por  qué le buscabas? ¿Encontraste a ese hombre en la casa?
El Capitán empezaba a intuir la razón de su detención, aunque no la de Lucas.
- No. No estaba en la casa ni apareció en toda la noche.
- ¿Había alguien allí cuando entraste? – preguntó con mirada maliciosa.
- No – contestó con firmeza
- ¿Estás seguro de que no había nadie?
- Así es. Cuando entré, la casa  estaba vacía.
- Si pasaste toda la noche en ella ¿cómo explicas que a la mañana siguiente se encontrarán en su interior el cadáver del criado de ese hombre y el de un vecino de esta Villa? – pregunto con un duro tono de voz.
- La razón es…
- No me contestes,  que yo te lo diré – le cortó- Te sorprendieron cuando estabas buscando monedas o joyas para robar y los liquidaste sin que ellos tuvieran la menor posibilidad de defenderse, pues ninguno de los dos era hombre de armas. ¿Me equivoco?
- Os equivocáis; yo no soy ni ladrón ni asesino, aunque es cierto de uno de esos hombres, el que decía ser su criado murió a mis manos cuando intentó apuñalarme creyéndome dormido- contestó indignado – y el otro hombre, el vecino de esta Villa, Lupicinio se llamaba, fue asesinado por el criado antes de intentar matarme a mi.
- ¿Cómo es que conoces su nombre? ¿Y por qué estaba en la casa? ¿Era tu cómplice en lo que pretendías hacer en la casa?
- Desconocía la existencia de  Lupicinio hasta ese mismo día, aunque él si que sabía de la mía y estaba en la casa porque que entró conmigo.
- ¿Cómo lograste que Lupicinio, que era un hombre con fama de honrado, entrara a robar contigo?
- Ya os he dicho que no soy ningún ladrón y no contestaré a más preguntas en tanto no me digáis de que se nos acusa.
- De modo que entras por la noche en una casa ajena y vacía buscando a su inquilino, acompañado por un hombre al que has conocido ese mismo día y que el criado, que parece que llegó cuando ya estabais dentro, asesinó a tu acompañante. Después tú le mataste a él cuando trató de asesinarte mientras dormías. Hasta aquí lo he entendido, pero ¿cómo es que estabas durmiendo? ¿Y si tú dormías, que hacía tu compañero? ¿Cuándo llegó el criado? ¿Y por qué razón iba a matar a Lupicinio, a quien seguro que conocía? ¿Y por qué a ti mientras dormías? ¿Acaso os conocías? ¿Tienes respuesta para estas preguntas? No ¿verdad? 
- Habéis recapitulado muy bien y sí, tengo respuestas a las preguntas que vos mismo os hacéis, pero no os las daré sin que me digáis cuales son los cargos que me han traído preso hasta aquí.
- Iñigo Aldai, o como te llames, comparecerás ante el Regidor acusado del asesinato de Gerondio, criado del comerciante que vivía en la casa cerca del puente y de Lupicinio, vecino de esta Villa, para que dicte la pena que se merece tan horrendo crimen.
El Capitán no desconocía que las circunstancias le acusaban y tan claramente que podrían llevarle a la horca. 
El alguacil que había interrogado a Lucas  informó a su jefe que el muchacho aseguraba no hallarse  en La Bañeza aquel jueves, ni el viernes, sino que llegó a la Villa el sábado y que solamente fue a una taberna, la de Perucho, por si su Señor había dejado algún mensaje para él, tras lo cual se marchó para Urueña. Como este  detalle había sido confirmado por el tabernero, Rosendo le ordenó que lo dejara libre una vez que él saliera del cuartel con el preso y cuando ya no hubiera gente delante del cuartel. Después engrilletó las muñecas de Iñigo Aldai y salieron para dirigirse a la Regiduría.
Los gritos de los congregados arreciaron cuando Iñigo Aldai salió escoltado por Rosendo y dos de sus alguaciles, y no cesaron a lo largo del recorrido hasta la Regiduría, que se levantaba muy próxima a la iglesia de San Pedro.  

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