lunes, 6 de mayo de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XXVII (07.05.2013)

Pareciéndole que el recorrido que había construido mentalmente respondía a  la lógica y preservaba su seguridad, Leopoldo López  vadeó el Esla y se dirigió a Alpando. Iba con el caballo al paso, pues el estado de su pierna no hacía aconsejable el galope y habiendo desechado la probabilidad de que Marta estuviera en Cuéllar, la prisa por llegar a las poblaciones que se había marcado como objetivo, quedaban supeditadas a la minuciosidad de la búsqueda.
En la pequeña aldea de San Esteban de Molar, de apenas una docena de casas de adobe, el camino se bifurcaba sin que hubiera indicación alguna sobre a dónde conducía cada ramal, por lo que se acercó a una de las casas en busca de información. Si no fuera porque pudo oír el cacareo de gallinas, aunque no las veía, hubiera pensado que aquella aldea estaba desierta. El ruido de un postigo al cerrarse en la casa que tenía a su diestra, hizo que se dirigiera a ella y, sin desmontar, con voz alta dijo que sólo quería información y que nada  de él habían de temer, pero nadie salió hasta que dijo que pagaría por la información. Se abrió la puerta apenas una cuarta y una voz áspera, que no supo distinguir si de hombre o mujer era, le preguntó qué información quería y al responderle que cuál de los dos caminos era el que conducía a la villa de Alpando, la misma voz le dijo que le echara el pago prometido y que le diría lo que deseaba saber. Leopoldo López extrajo de su bolsa un cobre y se lo echó delante de la puerta. Una mano huesuda  apareció por la abertura de la puerta y la cogió desapareciendo nuevamente en la oscuridad.
- El camino de la siniestra – dijo quien fuera el que estaba dentro.
No tardó en llegar a la población de Cerecinos, formada por dos barrios, en uno de los cuales  destacaba el palacio de la Encomienda de la Orden de Malta,  separado del otro por un arroyo al que llamaban de la Vega o de Piedras Blancas.
Al ex Regidor de Cuéllar le pareció lo suficientemente importante como para que decidiera recorrer sus calles, pues era un lugar  de búsqueda de Marta tan apropiado como los que había incluido en su itinerario.
Desmontó con alguna dificultad e hizo el recorrido a pie y despacio no sólo por la molestia de la pierna, sino por el calor sofocante que hacía a aquella hora del mediodía.  Cuando el cansancio empezaba a incomodarle de forma notable, se sentó  a la sombra de la torre cuadrada de la iglesia de San Juan, erigida por los Hospitalarios más de medio siglo antes.

Ni en Cerecinos, ni en Alpando ni tampoco en  Villa Ardega, donde pernoctó, su búsqueda dio el resultado apetecido.
Había recorrido con detenimiento las calles, entrado en las tabernas, preguntado en las posadas y mesones e, incluso, en las iglesias, pero …así que ocupó parte de la noche en la posada de Villa Ardega, repasando el itinerario concebido inicialmente, eliminando las poblaciones donde ya había estado e incluyendo otras, siempre dentro del radio de aquellas diez y seis leguas, pero sobre todo, tratando de encontrar otras posibilidades menos obvias que las de buscar auxilio en las grandes poblaciones.
Aquella Tierra de Campos que estaba recorriendo en parte, era  muy extensa y las poblaciones de importancia se agrupaban en torno a los ríos que la surcaban, como el Valderaduey allí mismo, en Villa Ardega, el Salado en Villa Fáfila o el Esla, más al oeste, siendo escasas las aldeas, especialmente  en la planicie entre el Valderaduey y el Salado, lo que le obligaría, si decidía buscar también en las aldeas, a cabalgar muchas horas y durante al menos dos o tres días sufriendo los calores de la canícula. Durante unos instantes tal perspectiva pareció debilitar su ánimo, pero solamente duró eso, unos instantes, pues el intenso odio que sentía hacia Iñigo Aldai y el deseo de someter a Marta a su antojo y voluntad, se impuso con fuerza  impeliéndole a decidir que sí, que haría un recorrido minucioso también de las aldeas y cualquier asentamiento susceptible de servir de refugio a Marta.
El cansancio de la cabalgada del día anterior hizo que se despertara tarde, pues ya el sol se levantaba radiante por encima de los Torozos augurando un lunes de intenso calor. Salió de Villa Ardega por el puente sobre el Valderaduey encaminándose a la vecina población de San Martín, apenas a un cuarto de legua. No había ni taberna ni posada y las pocas  casas existentes  se levantaban a ambos lados de la que era la única calle, en realidad parte del camino que le traía desde Villa Ardega y que siguió despacio, sin desmontar. No  veía a nadie, ni nada oía; ni siquiera el ladrido de un perro, pero estaba seguro que por las rendijas de los postigos le estaban observando. La desconfianza y el temor que provocaban en las aldeas aisladas los forasteros, ya fueran cristianos o musulmanes, tenía su arraigo en tiempos no muy lejanos cuando los muslimes llevaban a cabo sus razias o algazúas saquendo pueblos y aldeas, y matando a sus hombres y mujeres o  esclavizándolos.
A media tarde llegaba a las inmediaciones de una gran laguna. Se acercó a la orilla para que su montura abrevara, pues llevaba casi todo el día sin beber, pero el caballo, después de olisquear el agua, levantó la cabeza sin beber. Extrañado, Leopoldo López desmontó y mojando la punta de los dedos se los llevó a la lengua. Era agua salada. Supo entonces que se hallaba en las lagunas  saladas de Villa Fáfila, que eran muy conocidas, pues  con su sal se comerciaba también en Castilla desde tiempos muy remotos. Montó y desde la altura del caballo miró a su alrededor. Era aquella una llanura inmensa, que parecía no tener fin y en la que la vegetación era escasa, no tanto por los rigores del estío, como por la condición salada del suelo. La laguna era extensa ya que apenas podía ver las construcciones que se levantaban en sus orillas, probablemente para las labores de extracción de la sal. De pronto, una carcajada, que a él mismo le sorprendió, pues no era nada dado a la risa y menos en las circunstancias actuales, brotó de su garganta ¡Que la Naturaleza, o quien la gobierne, hubiera dotado con agua salda aquella llanura reseca para apagar su sed era, cuando menos, un sarcasmo frente a la cual sólo cabía como reacción, la carcajada¡ A veces, las burlas del Destino son muy crueles, pensó.
Durante algo más de una hora fue bordeando la laguna por el sur, dejando las huellas de su caballo marcadas sobre la corteza de sal que el paso del tiempo había ido formando y  que brillaba bajo los  ardientes rayos de un sol que empezaba a declinar en su diario recorrido. Llegó a la zona de las cabañas que había visto desde la orilla opuesta de la laguna y donde pudo ver, profundamente marcadas en el suelo, lo que seguramente era las rodadas de las carretas que  llevaban la sal a los concesionarios de su explotación, en su mayoría monasterios y obispados, para su comercialización por los reinos cristianos.  Siguiendo aquellas huellas llegaría, sin duda, a Villa Fáfila – pensó - donde dormiría aquella noche. Al día siguiente recorrería la población, con la esperanza de encontrar allí al perfecto instrumento de su venganza.

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