lunes, 20 de mayo de 2013
IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XLI (21.05.2013)
Apenas pudo dormir aquella noche. El Capitán esperaba con impaciencia la llegada del amanecer, pues tenía intención de hablar con el Prior del monasterio para que le diera toda la información posible sobre la mujer malherida que iba en la carreta con el monje de Moreruela. Tan posible era pensar que aquella mujer pudiera no ser Marta, como posible era pensar lo contrario, ya que ella podía haber conseguido huir de su captor y que, en su huida, la derribara el caballo quedando malherida. Algo en su interior le decía que tenía que ser ella, que la mujer recogida por los monjes era su amada esposa y que pronto, muy pronto la encontraría.
Lucas, tumbado en el catre próximo, tampoco dormía. A la débil luz de las candelas dispuestas a lo largo del amplio dormitorio, podía ver que el Capitán no conciliaba el sueño. Sabía que lo que Matías les había contado durante la cena había alterado a su Señor. Había notado su grado de excitación cuando le pidió al converso datos sobre la mujer y como le interrumpió bruscamente cuando le preguntó si pensaba que podía ser su esposa. Sin duda- pensaba- el Capitán así lo creía y ojalá estuviera en lo cierto, porque si no era así, su ya maltrecho corazón sufriría un nuevo golpe.
Oyeron el sonido de las campanas del claustro llamando a laudes .Faltaban tres horas para el amanecer, para la hora prima, cuando nuevamente sonarían llamando a la oración matutina. Y allí, en la iglesia, bajo la dirección del chantre, el coro de monjes entonaría el Salmo V: Señor, escucha mis palabras, atiende mis gemidos, haz caso de mis gritos de auxilio, Rey mío y Dios mío/ A ti te suplico, Señor, por la mañana escucharás mi voz, por la mañana te expongo mi causa, y me quedo aguardando, llenando con su canto el recinto sagrado que el eco propagaría hasta los más recónditos lugares del monasterio.
Lucas también deseaba que llegara pronto esa hora, pues aunque no se lo había dicho, suponía que el Capitán querría hablar con el Prior o con el enfermero buscando respuestas a la preguntas que Matías no había sabido contestar. Se acordó entonces de aquel día, cuando salieron de Urueña persiguiendo al ex Regidor y en el cruce de caminos, ya en el llano, el Capitán permaneció largo tiempo parado y en silencio, como decidiendo que dirección tomar y como, sin darle explicación alguna que lo justificara, le dijo que tomarían el camino del noroeste, decisión que él, su escudero, intuía que iba a tomar. Ahora le ocurría lo mismo. Era como si su mente y la del Capitán se comunicaran por alguna vía misteriosa.
Si la mujer de la carreta era la esposa del Capitán, la búsqueda habría terminado y su Señor volvería a reír y con él todos aquellos que le apreciaban. Entonces, con ella ya a salvo en el castillo, sería la captura de Leopoldo López para entregarlo a la Justicia, lo que adquiriría prioridad, pues estando libre y con deseos de venganza, el riesgo de un nuevo atentado no sería impensable. Pero sabiendo que la vida de Marta ya no corría peligro, la búsqueda y captura de ese miserable, podría contra con la participación de los Señores castellanos, y de los regidores y alguaciles no sólo de Castilla, sino de León también, pues si de Castilla fue desterrado por traición, en León fue ordenada por el Rey su ejecución al Señor de Urueña, acusado de conspiración contra la Corona.
Al fondo del dormitorio los dos monjes blancos dormían profundamente, a juzgar por sus ronquidos, ajenos a las preocupaciones y sufrimientos del capitán Aldai y su escudero.
Se levantaron poco después de oír la llamada a la oración de la mañana y saliendo de la hospedería se dirigieron al locutorio. Nadie detrás de la celosía atendió su llamada. El Capitán se impacientaba; no había tenido en cuenta que tras los rezos, la Comunidad se reunía en concilium en la Sala Capitular, exceptuando a los postulantes y novicios que tenían su propio concilium, y después el mixtum., el frugal desayuno a base de pan mojado en vino, razón por lo que su llamada aún no había tenido contestación.
Nuevamente hizo tintinear la campanilla que colgaba a la izquierda de la celosía y su sonido se multiplicó al rebotar en la bóveda de crucería cuatripartita del locutorio.
- Laudetur Jesús Christus – saludó una voz tras aquel enrejillado de madera- ¿Qué deseas a horas tan tempranas, hijo mío?
- Soy Iñigo Aldai, capitán al servicio del Rey de Castilla y solicito hablar con vuestro Prior- contestó.
- Le trasladaré vuestra petición. Aguardad unos instantes.
La impaciencia que le consumía hizo que aquellos instantes le parecieran un tiempo insufrible. Lucas permanecía en silencio y estaba inquieto. Nunca había visto al Capitán en ese estado.
- Soy fray Ernesto, el Prior de este monasterio – dijo una voz grave desde la clausura - ¿Qué asunto es ese del que deseáis hablarme y que tan temprano os ha traído a este sagrado lugar?
El Capitán, después de volver a identificarse, le preguntó por la mujer que hacía unos días había llegado en una carreta con unos monjes de Moreruela, pues su esposa había sido raptada por un hombre vil, aunque más que hombre era alimaña, y que teniendo fundadas razones para suponer que se podía encontrar por la comarca, al tener noticia de que una mujer había sido encontrada malherida en el camino, bien pudiera tratarse de ella que habría conseguido escapar de su captor.
Fray Ernesto, el Prior, le dijo que carecía de información sobre esa mujer, pues cuando llegó al monasterio estaba inconsciente y según dijo el monje que la trajo- el otro era un postulante – no recordaba quién era, ni de donde venía, y ni siquiera qué le había ocurrido. A pesar de que ya oscurecía cuando llegó y que su cara estaba ensangrentada por la herida que tenía en la frente y su capa de peregrino manchada de barro y rota, pudo ver que era una mujer joven – Y nada más puedo deciros sobre ella – concluyó.
El corazón del Capitán tuvo que hacer un esfuerzo extraordinario para enviar sangre a su cabeza, pues parecía que un nudo en la garganta cortaba todo flujo posible. Cada instante que pasaba, más convencido estaba de que esa mujer era Marta, su amada esposa.
- ¿Y dónde está ahora esa mujer? ¿Está aquí o alojada en alguna población cercana? ¡Decídmelo, os lo suplico¡
- No, no está aquí, pues al ser este un convento de monjes, el Abad aconsejó a fray Apuleyo, el monje de Moreruela, que ya que su viaje tenía como destino el monasterio de Santa María de Carrizo, la dejara allí al cuidado de las monjas hasta que recuperar la salud, si así le pluguiera a su Abadesa o, si se recuperaba de su amnesia antes de llegar a Carrizo, que ella decidiera qué hacer.
- ¿Entonces creéis que se encuentra en ese monasterio de Carrizo?
- No puedo afirmároslo, pues fray Apuleyo no ha pasado por aquí en su viaje de regreso a Moreruela; solamente él podría deciros dónde la dejó.
- Iré al monasterio de Moreruela entonces. Os doy las gracias por vuestra información, fray Ernesto. Que Dios os bendiga.
- Que Él os acompañe, hijo mío.
La emoción hizo que saliera del locutorio a grandes zancadas y que se dirigiera directamente hasta la caballeriza donde había dejado los caballos. Lucas, sorprendido por la rápida salida, tuvo que acelerar el paso para poder seguirle. Aquel comportamiento le hizo suponer que la información que le habían dado era la que él deseaba; es decir, que aquella mujer de la que había hablado Matías la noche anterior, era su esposa.
El Capitán parecía haberse olvidado de Lucas.
- ¡Capitán, mi Señor! ¿ A dónde nos dirigimos ahora? – le preguntó.
- Al monasterio de Moreruela, Lucas, y rápidamente- contestó.
- ¿Y dónde queda ese monasterio, mi Señor?
El Capitán se dio cuenta de que, con la excitación causada por la buena noticia de saber por fin, dónde estaba su esposa, porque, sin duda se trataba de ella, no le había preguntado al Prior dónde quedaba el monasterio de Moreruela.
- Entra en la hospedería y pregunta dónde queda, Lucas.
- A unas diez y ocho leguas, Capitán- dijo cuando volvió unos minutos más tarde- Primero hemos de llegar hasta Malgrat y desde allí, siguiendo el curso del río Esla, llegaremos al monasterio, pues se levanta a su vera.
- Pues partamos sin demora Lucas, que esa distancia hemos de recorrerla en la jornada de hoy. Monta y pon al galope a ese jamelgo tuyo.
A Lucas no se le escapó el cambio producido en el estado de ánimo del Capitán. Su voz le pareció más animada, como si hubiera recuperado algo de la alegría desaparecida cuando en Torrelobatón le tuvo que informar de los tristes sucesos ocurridos en Cuéllar y del rapto de su esposa. Sí- pensó- sin duda había recibido buenas noticias.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario