lunes, 13 de mayo de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XXXIV(14.05.2013)

Aunque la carreta iba ahora vacía, parecía que avanzaba más despacio de lo que debiera por esa circunstancia, y es que Gervasio, que llevaba las riendas, no sentía el menor deseo de volver a Moreruela dejando a aquella muchacha, cuyo nombre desconocía, en el monasterio de Carrizo. De buena gana se hubiera quedado aunque eso hubiera supuesto su expulsión como postulante en Moreruela si al hacerlo tuviera alguna posibilidad de seguir en contacto con ella, pero al quedar internada en el convento, aunque fuera en la hospedería, su deseo iba a ser de imposible cumplimiento. Había subido al pescante con el ánimo abatido sin que fray Apuleyo se diera cuenta, pues el anciano monje, libre ya de la preocupación que le había supuesto la joven que acababa de dejar bajo la custodia de la madre Renata, ocupaba  su cabeza con los asuntos propios del viaje, tales como realizar las tres etapas que les llevaría llegar a Moreruela y la seguridad de los dineros obtenidos por la venta de la sal y que guardaba celosamente bajo su hábito.
Gervasio  no sabía lo que le estaba pasando; no entendía por qué cuando pensaba en ella, y lo hacía continuamente, sentía aquella extraña y dolorosa sensación en el estómago. No sabía nada de ella más allá de lo acaecido desde que la encontrara malherida en el camino, cerca de Santa Cristina. ¿Quién era? ¿Cuál había sido su vida hasta entonces? ¿Estaría casada? ¿Se habría perdido o quizás huía de alguien o de algo? Se hacía muchas preguntas y aunque sabía que no podría encontrar las respuestas, al hacerlas sentía que compartía con ella el vacío de su vida anterior. Fray Apuleyo le había hablado de la Abadesa, a la que había descrito una mujer con grandes conocimientos sobre como recuperar la salud del cuerpo y también del alma, así como que tenía grandes esperanzas en que lograra que la mujer que quedaba bajo su custodia recuperara la memoria.
Gervasio no se sentía bien. Deseaba que aquella muchacha, que tantos sentimientos indescriptibles había despertado en su corazón, recuperara su memoria y con ella su vida, pero que no fuera demasiado pronto. Mientras estuviera, por esa razón, en el monasterio, siempre sabría donde encontrarla si decidía abandonar su camino hacia el monacato, algo que no descartaba; pero, por otro lado, mientras permaneciera entre los muros de Carrizo aunque fuera en la hospedería, no podría acceder a ella. La lucha que se estaba produciendo en su interior entre la parte generosa de su alma y la parcela del egoísmo, le producían desazón y le impedían concentrarse en lo que debiera ser el centro de su atención en esos momentos, cual era conducir la carreta hasta Moreruela de la forma más segura y rápida posible. El no lo sabía, pues como suele ocurrir con todo aquello en lo que interviene el amor,  que el afectado es el último en enterarse, pero cualquier otro, incluso fray Apuleyo, que ya había llegado a esa conclusión, le hubiera dicho que se había enamorado. El anciano monje, que sabía más de la vida por los muchos años vividos que por su formación intelectual, no había tardado en darse cuenta de que su joven acompañante y postulante había sido herido por la flecha del amor y al ver su inocente comportamiento, se había alegrado pues era mejor – pensaba él – sentir con fuerza y sinceridad ese amor, que no  el fingido, el artificialmente creado por causa de la pobreza y de la obediencia paterna, materializado en el servicio a Dios mediante el monacato. Estaba convencido de que Gervasio no tardaría en abandonar la disciplina de Moreruela, y aunque lo lamentaba porque un monje más siempre era motivo de alegría, el monasterio no se resentiría, ya que en la actualidad contaba con cuarenta y seis monjes y  trece aspirantes entre postulantes y novicios, lo que garantizaba no solamente la continuidad e importancia del cenobio, sino su continuo crecimiento, ya que los ingresos de nuevos monjes superaban a los de las ausencias de los que el Señor, con alguna frecuencia, llamaba su presencia.

La Madre Leonila había acomodado a Marta en un pequeño cuarto en la hospedería para que pasara aquella noche. Le dijo que, siguiendo las  instrucciones de la Abadesa, a partir del día siguiente, ayudaría en la cervecería a las órdenes de la Madre Beatriz, la Cillerera y que asistiría a las preces de las horas canónicas con las postulantes y novicias, pues aunque ella no era ni una ni la otra, en tanto permaneciera en el monasterio, seguiría la misma rutina que las demás, no sólo en los rezos, sino también en las comidas y  otros actos cotidianos comunes a todo el monasterio, al menos hasta que la Madre Renata dispusiera otra cosa. También le comunicó que la Abadesa quería verla a la mañana siguiente, después de la hora prima en el locutorio, y que fuera ya vestida con las ropas que le había dejado encima del catre.
Cuando se quedó sola en aquella pequeña habitación, iluminada solamente por una candileja de aceite cuyo olor impregnaba la estancia, pudo ver el austero mobiliario, consistente en una camastro con jergón de paja sobre el que había doblada una manta de lana, y una mesilla de madera al lado del camastro y sobre la que lucía el candil. De un clavo en la pared, en el testero de la cama, colgaba un crucifijo de madera y en la pared enfrente a la entrada y en la que había un ventano con postigo de madera, lo que parecía ser un hábito de color terroso y un cinturón de cuero. En el suelo dos sandalias de cuero de vaca y en un rincón vio la jofaina, lo que mentalmente agradeció, pues sabía, aunque  no recordaba quien se lo había dicho, que lavarse la cara no formaba parte de las prácticas diarias en un monasterio del Císter, dedicándose el sábado de cada semana a ese menester, y que aún así en modo alguno se podía considerar como una falta de preocupación por la higiene personal. Solamente la nobleza, y no toda, se aseaba con mayor frecuencia. Marta, hubiera echado  en falta la palangana. Probablemente, pensó, su uso formaba parte habitual en esa vida que no conseguía recordar. Una bacenilla bajo el catre completaba las existencias del cuarto.
Abrió el postigo, pues hacía calor, se despojó de lo que quedaba de la capa y tras soplar  la llama del candil, sin extender la manta, se tumbó sobre el jergón de paja. Aunque estaba cansada, trató de resistirse al sueño, pues quería pensar en todo lo ocurrido hasta ese día y en como iba a ser su vida desde la mañana siguiente, cuando hablara con al Abadesa, pero su cuerpo reclamaba tiempo para recuperar energías y sin darse cuenta, con el croar de las ranas como música de fondo, se quedó dormida.
La llamada a laudes  la despertó rescatándola de un extraño sueño en el que se mezclan imágenes inconexas de personas que no reconocía y lugares extraños. Cuando la campana llamó a la oración despertándola, sólo recordaba de aquel sueño que cabalgaba por una llanura sin fin huyendo de una amenazadora nube negra que se había situado sobre ella y de la que no conseguía librarse aunque  cambiara de dirección.
Había sido un sueño nada placentero, casi una pesadilla, aunque más que la angustia por no poder librarse de la amenazadora sombra de la nube, lo más intranquilizador era que, aunque no conocía y no podía por tanto poner nombre a las personas que habían aparecido en él, no le resultaban del todo extrañas. 
Eran las tres de la madrugada y la temperatura había bajado, algo muy habitual en la Meseta, en la que las temperaturas diurnas muy altas, daban paso a noches frías. Esa noche estaba exenta de asistir a las preces, así que se arrebujó con la manta disponiéndose a dormir todo lo que quedaba de noche  hasta las seis, cuando la campanas del claustro llamaran a los rezos de la hora prima, pues tenía que ir al locutorio para presentarse a la Abadesa.

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