martes, 28 de mayo de 2013

IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XLIX(28.05.2013)

Leopoldo López entró en la iglesia del monasterio y se arrodilló en un banco próximo a la celosía que separaba el templo de la clausura. En la posada se había enterado de la hora en que se oficiaba la misa diaria a la que suponía que desde detrás de la celosía asistía la comunidad. Quería causar la mejor de las impresiones a quienes, con seguridad, lo estarían observando, por lo que fingió el más hondo de los recogimientos durante el Oficio y sus genuflexiones y santiguadas fueron los propios de una profunda devoción.
Terminado el ritual, salió de la iglesia y se dirigió al locutorio donde  le fue preguntado el motivo de su visita por la hermana portera, y a la que, tras identificarse como una comerciante tortosino en peregrinación a Compostela, expuso su deseo de hablar con la  Madre Priora sobre un asunto que para él era de la máxima importancia.
- Si lo que deseáis es alojamiento o la atención médica, debéis dirigiros a la hospedería donde …
- No, hermana. No se trata de eso, sino de un asunto de notable gravedad que requiere de la atención de vuestra Priora.
- Aguardad entonces a que le comunique lo que pedís.
Pasaron unos minutos antes de que pudiera oír la voz de la Priora detrás la celosía.  
- Si no precisáis alojamiento ni atención médica ¿qué asunto es el que requiere nuestra atención? – le preguntó tras  el saludo protocolario.
- Se trata de mi desgraciada esposa, Madre Priora, que enferma de insania por el dolor que la causó la muerte de nuestro  único hijo poco después de nacer, aunque pudo ser bautizado, desde hace unos días vaga extraviada por estas tierras desconocidas para ella cuando su locura la hizo huir sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo, ya que  al intentarlo, me derribó mi caballo dejándome malherido.
- El dolor de una madre por la pérdida de un hijo debe ser, sin duda,  tan intenso como para, como parece ser que ha sido el caso de vuestra esposa, provocar la pérdida de la cordura; pero en medio de tanto dolor, grande  tiene que ser  alivio para su alma sabiendo que está con los ángeles  en el cielo, gozando de la presencia del Señor.
- Así es Madre Priora – dijo con aire compungido - Ambos somos de fe profunda y animados por ella  a Compostela peregrinábamos para pedir al Apóstol por la recuperación de su salud, pero en el camino ocurrió lo que os acabo de contar.
- Si  se lo pedís con la misma devoción con la que habéis oído el oficio Divino esta mañana, seguro que intercederá por vuestra esposa ante Aquél que todo lo puede.  Y si por lo  que  deseabais hablar conmigo era este motivo, quedad tranquilo, pues elevaremos nuestras oraciones al Señor para que encontréis a vuestra esposa y por su curación.
- ¡Que Dios os bendiga por ello, Madre Priora! pero deseba hablar con vos, de la misma forma que he venido haciendo en los pueblos y aldeas  de esta amplia comarca, por si hubierais tenido noticias sobre alguna mujer  joven, sola y desamparada, cubierta con capa de peregrino, que deambulara por la comarca, pues, si así fuera, podría tratarse de mi pobre esposa.
- Nada hemos oído y os aseguro que  si vuestra esposa hubiera sido vista en esta localidad o en aquellas sobre las que tiene jurisdicción este monasterio, lo habríamos sabido. Siento no poder daros la noticia que tanto deseáis.
Esta respuesta de la Priora cerraba la conversación sin que hubiera podido llegar a donde a él le interesaba, así que con fingida decepción, dio un sutil giro para hacer que la Priora dijera lo que él ya sabía.
- Confío en que el Señor, en Su infinita misericordia, se apiade de este su humilde servidor y no permita que mi pobre esposa vague sin rumbo, sino que algún alma caritativa la recoja y la ponga bajo la protección de un templo o convento donde pueda estar sin peligro – el cebo estaba echado y no podía errar, pensó – Y ahora he de seguir con su búsqueda. ¡Quedad con Dios, Madre Priora¡ - se despidió haciendo además de marchar.
- ¡Aguardad, aguardad un momento! - le urgió la Priora.
Tuvo que hacer un esfuerzo para no sonreír de satisfacción.
- ¿Sí Madre Priora?- se volvió con semblante compungido.
- Hace unos días que unos monjes de Moreruela trajeron al monasterio a un joven que habían encontrado malherida cerca de Santa Cristina de Polvararia, y que no sabe quien es ni  recuerda nada de su pasado y aquí …
- ¡Gracias, Dios mío por haber oído mis plegarias¡ - exclamó dejándose  caer de rodillas - ¡ Gracias, Señor misericordioso¡
- Tranquilizaos, os lo ruego, tranquilizaos porque puede que no sea vuestra esposa- trató de calmar su fingida emoción la Priora.
- Tenéis razón Madre Priora; os ruego que me disculpéis, pero es que después de tantos días de angustiosa búsqueda… 
- Lo comprendo. Es una reacción muy natural – concedió
- ¿Y cuándo podré ver si esa joven es mi esposa, Madre Priora?
- Tiene que ser la Madre Abadesa la que diga cuándo y cómo, así que ahora mismo la informaré de todo y os haré saber lo que decida, si aguardáis aquí mi regreso.
- Aguardaré con impaciencia la decisión de la Abadesa.

      -  ¡Qué rara coincidencia¡ - dijo la Abadesa después de escuchar el relato de la Priora.
      -    ¿Coincidencia decís, Madre? ¿A qué os referís? – preguntó extrañada.
      -     A que ayer, poco antes de completas, un hombre que dijo ser hidalgo de Castilla y capitán de su ejército, acudió a mí pidiendo ver a la hermana María, pues creía que era su esposa, que había sido raptada en su castillo en Cuéllar por un hombre al que él había llevado ante la Justicia y que fue desterrado de Castilla  por su Rey.
     -   ¿Y es su esposa?
     -   No lo sé, y ahora, menos de un día después, llega este otro hombre con similar pretensión. ¿No os parece una coincidencia, cuando menos, extraña?
     -   Ciertamente, Madre. ¿Y qué pensáis hacer?
La Madre Renata le contó a la Priora lo que había acordado con el Capitán y...  
- … así que le diréis a ese otro hombre lo mismo que yo le he dicho al caballero castellano, pero a la hora nona y  a la de vísperas para que no se encuentren. Haciéndolo así, sabremos quien  dice la verdad.
- Pero Madre ¿y si la hermana María no reconoce a ninguno de los dos como su esposo?
- Entonces ella seguirá bajo la protección de este monasterio y ordenaré su detención a los alguaciles para que los entreguen al Juez Ordinario, acusados de intento de dolo al monasterio.

Leopoldo López escuchó con disimulada contrariedad las instrucciones de la Priora, de la que se despidió hasta la hora indicada, con exagerados gestos y palabras de agradecimiento. Después regresó a la posada, donde esperaría hasta que llegara el momento de regresar al monasterio. Nada tenía que hacer en Carrizo hasta entonces y a su pierna le vendría bien el reposo y, además, tendría la tranquilidad necesaria para  pensar en todo lo que tenía que hacer cuando tuviera a Marta en su poder. 

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