viernes, 10 de mayo de 2013
IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XXXI (11.05.2013)
Tal como le había dicho la Madre Beatriz, fray Apuleyo, después de descargar las dos sacas de sal en la hospedería y decirle a Gervasio que esperar allí con la muchacha, se dirigió al locutorio del convento.
Tocó la campanilla y aún no se había extinguido su sonido absorbido por las gruesas paredes cuando, desde el otro lado de la celosía, la Madre Beatriz le decía que girara el torno pues había dejado allí las monedas para el pago de la sal.
- Gracias, Madre Beatriz. Y ahora decidme ¿habéis trasladado mi petición a la Abadesa?- preguntó.
- Tal como os dije antes, no era probable que la Madre Renata os recibiera esta noche, pero me dijo, en atención a la urgencia que decís tiene el asunto, que os recibirá después de completas. Esperad aquí entonces.
- Aquí esperaré Madre Beatriz.
- ¿Os alojaréis en la hospedería, como en anteriores ocasiones? – preguntó
- Si, probablemente – respondió.
- En ese caso, que descanséis y que tengáis un buen viaje de regreso a Moreruela y hasta el próximo año, si Dios Nuestro Señor quiere- se despidió.
- Gracias Madre Beatriz, pero creo que el Todopoderoso y el Abad de Santa Maria de Moreruela han dispuesto que este sea mi último viaje, así que quedad con Dios, Madre Beatriz- correspondió el anciano monje
Recogió del torno la pequeña bolsa de piel de cabra que contenía el pago de la sal y la guardó bajo el hábito. No se molestó en contarlas. El objetivo del viaje estaba conseguido y ahora podían regresar a Moreruela sanos y salvos con aquel dinero y el cobrado en Nogales y Santa Colomba; ya sólo faltaba solucionar el problema creado por Gervasio al recoger a la muchacha herida. Confiaba en que tras contarle lo ocurrido a la Abadesa, la muchacha pudiera quedarse en el monasterio al menos aquella noche, quedando así libres para poder salir al alba hacia Moreruela.
La Abadesa Renata Faubero conocía fray Apuleyo y sabía de su prudencia y mesura, así que cuando la Madre Beatriz le dijo que el asunto que le quería exponer era urgente, no tuvo duda de que así sería, y aunque la hora era intempestiva, accedió a acudir al locutorio para oír al anciano monje. Si fuera algo relacionado con la provisión de sal que la cillerera o la tesorera no pudieran resolver, hubiera acudido a la Madre Bernarda, la Subpriora o, incluso a la Madre Mónica, la Priora, pero era a ella a quien solicitaba audiencia, así que el asunto debería ser enjundioso. Acudió pues al locutorio con una ligera preocupación, aunque mayor era la curiosidad.
- ¡Laudetur Jesús Christus! - saludó la Abadesa tras la celosía del locutorio.
- En saecula ¡Amén! - respondió fray Apuleyo-
- ¿Qué asunto es ese que tan urgentemente queréis trasladarme, fray Apuleyo?
- Os agradezco Madre Abadesa que me concedías audiencia, y más aún a una hora tan poco propia de la vida monacal para exponeros un caso que, sin duda, cuando termine su relato, justificará mi inoportunidad solicitando veros esta noche y no mañana – comenzó fray Apuleyo.
- Pues no demoréis más y empezad con el relato – le instó.
La Abadesa permaneció en silencio mientras el fraile le contaba todo lo ocurrido desde el momento en que encontraron a aquella mujer tirada en un ribazo del camino, hasta la llegada, hacía una hora, a Carrizo.
- …tendríamos que dejarla en cualquier población y además, su presencia no es nada conveniente para el postulante Gervasio, cuya vida interior se ha visto alterada por la aparición o el nacimiento de sensaciones para él hasta ahora desconocidas que pueden debilitar aún más su escasa inclinación al monacato.
Finalizado el relato, la Madre Renata permaneció unos en silencio, más tiempo del que fray Apuleyo consideraba normal, lo que le intranquilizó pues si la Abadesa estaba pensando qué contestar a la petición que le acababa de hacer, es que no veía el asunto con su misma claridad.
- Y decís que no recuerda nada, absolutamente nada de su vida anterior y ni siquiera su nombre o el de su familia?
Fray Apuleyo respiró aliviado cuando oyó la voz de la monja.
- Así es, tal como os lo he contado – contestó
- ¡Pobre muchacha¡ - se compadeció la Abadesa - ¡Cuánto la estará haciendo sufrir su impotencia para recuperar una vida que se le ha borrado de su cabeza¡ Creo fray Apuleyo que vos y vuestro pupilo habéis hecho una obra de misericordia que, sin duda, habrá agradado a Nuestro Señor; pero ahora hemos de ocuparnos de su situación, pues no puede alojarse en la hospedería y respecto de los que sugerís sobre que se quede en el monasterio, no es tan sencillo como pudiera parecer, pues desde el Capitulo General de hace siete años, se han endurecido las condiciones de admisión, resaltando además la clausura estricta, por lo que admitir a una muchacha sin pasado, sin referencia alguna y sin dote tampoco, es una decisión que podría crearnos problemas y bastantes hemos tenido ya a consecuencia de los incidentes del Capitulo General de Cister en el mil y ciento noventa y uno, cuando los Padres Capitulares, alegando que no tenían jurisdicción sobre las monjas, se negaron a aceptar las exigencia del rey Alfonso VIII para que obligaran a presentarse en Las Huelgas, como cabeza de todos los monasterios cistercienses femeninos del Reino, a las abadesas que no había acudido al Capitulo celebrado en ese mismo monasterio tres años antes. Las abadesas de Las Huelgas, como seguramente sabréis, son habitualmente princesas o miembros de la nobleza del Reino arrogándose privilegios como la prédica o la bendición de novicias y que incluso obligaron a intervenir al Papa Inocencio III para poner término a tales actuaciones.
El alegato de la Abadesa había sido lo suficientemente contundente como para que fray Apuleyo no albergara duda alguna sobre que la respuesta iba a ser no, así que sería él quien tuviera que resolver el problema creado por Gervasio, buscándole cobijo a aquella muchacha, y cuanto antes mejor.
- En ese caso, Madre Abadesa – dijo mientras se levantaba para irse- le diré a la muchacha que mañana al alba, cuando salgamos para Moreruela, se quedará en esta población ya que nada más podemos hacer por ella, aunque esta noche dejaré que duerma en la carreta. ¡Quedad con Dios, Madre Renata¡ - se despidió.
- ¡Aguardad, aguardad! No os rindáis tan fácilmente, que solamente os he dicho que no era tan sencillo como pensabais el que pudiera quedarse en el monasterio, lo que no quiere decir que sea imposible o que os haya dicho que no. Simplemente os expuse las razones por lo que la puerta de la admisión es ahora más estrecha que lo que fue en el pasado.
- No consigo entenderos Madre Renata, pues si la muchacha no cumple los requisitos de admisión ni podrá cumplirlos en tanto no recupere su memoria, si algún día eso ocurre ¿cómo conseguiréis que se quede en el monasterio sin que ello os suponga un nuevo problema? – preguntó ya algo esperanzado.
- Infiero de lo que me habéis contado y de vuestra petición, fray Apuleyo, que siempre habéis pensado en esa joven como novicia primero y profesa después, y es ese camino el dificultoso al que yo me refería; pero igual que en vuestros monasterios hay hombres que sienten el deseo de Servir a Dios y no pudiendo profesar ayudan a la comunidad en las más diversas tareas, también…
- ¿Os referís a los conversos?- le interrumpió.
- Así es – respondió – pero dejadme terminar, pues así, como colaboradora de la comunidad, si que podría quedarse sin otra limitación que la de no poder entrar en la clausura, pues la Regla es terminante en lo que se refiera a al entrada de mujeres seglares en esas dependencias. No falta trabajo en la cervecería, ni en la hospedería buena parte del año y podría alojarse en la propia hospedería, en lugar habilitado para ella, y esa cercanía nos permitiría atender de mejor forma a la recuperación de su salud. Y ahora decidme qué os parece esta solución.
- Nada puedo objetar, sino todo lo contrario, pues es una propuesta perfecta, ya que la muchacha puede recibir atención para su mal, tener un cobijo mientras no recuerde quien es y donde vivía, evitarnos lo que pudiera parecer falta de caridad por nuestra parte al dejarla en cualquier población sin techo ni comida y no crear problemas al monasterio. Es una inteligente solución, que hace honor a la opinión que de vos se tiene fuera de estos muros. Que Dios Nuestro Señor os bendiga, Madre Renata. Iré ahora a comunicárselo a la muchacha.
- Hacedlo y decidle que esta noche dormirá en la hospedería. La Madre Leonila, la hospedera, se ocupará de proporcionarle un camastro donde dormir, separado de los alojamientos de los hombres, y ya mañana ella misma le explicará sus funciones y todo lo necesario para su estancia en este lugar.
- Gracias nuevamente, Madre Renata y que Dios os bendiga.
- Y a vos, fray Apuleyo.
El sonido producido por el roce de las sandalias de fray Apuleyo con las desgastadas losas del suelo saliendo del locutorio, se unía a la de una miríada de grillos que, en los campos próximos manifestaban así su disfrute de aquella cálida y serena noche de estrellado cielo del martes veintidós de julio del mil y doscientos trece en Carrizo.
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