miércoles, 15 de mayo de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XXXVI (16.05.2013)

Bretó era una pequeña localidad dependiente del monasterio de Moreruela. Tenía un molino harinero que proporcionaba sustanciosos ingresos al monasterio, lo que unido a su posición estratégica, pues, levantada sobre un otero, a sus pies  confluían el Órbigo, el Tera vertiendo sus aguas al Esla, desde el que se dominaba la extensa planicie a un lado y otro del Esla, le confería una importancia que aunque no era tanta como en tiempos pasados – era población encastillada – no se correspondía con su tamaño actual.
Una buena parte de su escasa población la constituían los conversos, es decir, aquellos hombres que teniendo vocación de servir a Dios y no pudiendo profesar, llevaban una vida ejemplar bajo las directrices dictadas desde el monasterio para el que trabajaban, razón por la que no era infrecuente la presencia de  algún monje o novicio enviado por el Cillerero, como responsable de la administración de los predios del monasterio.
Leopoldo López ignoraba la dependencia de la aldea a la que acababa de llegar y más aún el funcionamiento y la vida de un monasterio del Císter, por lo que le extrañó divisar en una de las huertas, a un centenar de brazas, a un monje con hábito blanco y escapulario negro - lo que le permitió  suponer que se trataba de un monje blanco o del Císter, ya que el secretario del castillo de Cuéllar y confesor de Marta,  vestía un hábito igual y pertenecía a esa Orden-  El monje  parecía estar dando instrucciones a dos hombres que laboraban la tierra.
Desmontó y se acercó a ellos. El monje fue el primero en darse cuenta de su llegada.
- Seguid con lo vuestro – ordenó a los labradores.
 Y dirigiéndose al recién llegado, a unas cuatro varas, le saludó con el protocolario Laudetur Jesús Christus, al que Leopoldo López respondió con un meloso Nunc et in aeternum¡ Amen , expresión que conocía tanto por la formación que había recibido cuando vivía con su familia en Guadalajara, como por habérsela oído en repetidas ocasiones a aquel Padre Gumersindo, al que Gerondio había enviado a gozar eternamente de la presencia del Creador Quiso ser amable con el fraile pensando que quizás pudiera obtener de él  información sobre el paradero de Marta o, al menos, alguna pista que le permitiera dirigir su búsqueda en la dirección adecuada, evitándole así perder tiempo escudriñando  los pueblos y aldeas de aquella vasta comarca, pues cuanto más tiempo perdiera en la búsqueda, más oportunidades tendría ella para regresar a Cuéllar y reencontrarse con su esposo, el odiado Iñigo Aldai, algo que no podía permitir, y si para ello era necesario inclinar su cabeza ante aquel fraile o incluso humillarse ante quienes considerara inferiores a él, lo haría sin dudar.
 - Veo por tu indumentaria que peregrinas a Compostela – dejo el monje – aunque un poco lejos de los caminos que atraviesan estas tierras. ¿No te habrás extraviado, verdad?
El ex Regidor se había olvidado de que aún iba vestido con la capa de peregrino – otro descuido, pensó.
- Así es Padre – contestó con gesto apesadumbrado- A venerar al Santo Apóstol me dirigía, pero me temo que la horrible desgracia que me ha ocurrido me impida postrarme ante su imagen.
- ¿Qué horrible desgracia es esa que tan lamentable consecuencia tiene? ¿Acaso te han robado? ¿Se ha cebado la enfermedad contigo?
- No Padre, no; es algo peor que todo eso – dijo cubriéndose los ojos con la mano como ocultando el dolor que sentía.
- Dime, hijo mío, dime qué te ha ocurrido que tan apenado te tiene -  le imploró el monje afectado por su gesto.
- Mi desgracia Padre, es la peor de las desgracias, pues fue voluntad del Señor privarnos a mi esposa y a mí de la felicidad de nuestro primer hijo, al que llamó a Su lado a las pocas semanas de venir a este mundo, causándole  tanta pena a mi amada consorte que el dolor la enfermó de insania, por lo que acudíamos a pedir la intercesión del Apóstol para que recuperara la cordura, pero…
- Si que es una gran desgracia – le interrumpió el monje – Las pruebas a las que veces somete el Señor a aquellos que ama, son tanto más duras cuanto más es Su amor por ellos ¿Y dónde está ahora tu esposa?
- Esa es la desgracia a la que me refería, pues ambos cabalgábamos cerca de la población de Santa Cristina de Polvoraria, cuando su mente se nubló y sin que yo pudiera evitarlo, picó espuelas a su caballo y salió al galope campo a  través. Cuando pude reaccionar había desaparecido entre la arboleda. De esto hace tres días y desde entonces la estoy buscando incesantemente por toda esta comarca, preguntando aquí y allá sin que nadie pueda darme razón de ella. ¿Habéis vos visto u oído algo que pueda ayudarme a encontrarla?
- ¡Es terrible lo que te ha ocurrido, hijo mío¡ Cuánto quisiera poder decirte algo que te ayudara - contestó apesadumbrado el monje – … aunque puede que algunos de estos hombres o alguien de la aldea sepa algo. ¿Habéis visto a una mujer cabalgando sola por la aldea o cercanías hace dos o tres días? – preguntó a los labradores, que respondieron negando con la cabeza.
- ¿Y tampoco habéis oído nada por la aldea?- insistió. Nuevamente negaron.
- En ese caso seguiré buscando por las aldeas y lugares de esta comarca. Gracias por vuestra ayuda, Padre…
- Soy fray Raimundo, adjunto al Cillerero del monasterio de Santa María de Moreruela, a dos leguas y media hacia el sur, siguiendo el curso del río. Como esta aldea depende del monasterio, venimos con frecuencia para dar instrucciones a los conversos y labradores que laboran las tierras. Elevaré mis oraciones para que encuentres a tu pobre esposa. Ve con Dios, hijo mío y que El ilumine tu camino.
- Aunque mi angustia permanece, me reconforta saber que rogaréis al Señor para que alivie mi desgracia.
Leopoldo López, una vez que había obtenido la información suficiente como para no tener que buscar en Bretó, vadeó el río y al llegar a la bifurcación del camino a las puertas de Bretocino, tomó el camino del sur, ampliando así  el área de búsqueda. El camino del norte le llevaría a Santa Cristina, a una distancia de sólo tres leguas, por lo que era improbable que ella estuviera tan cerca del lugar desde donde huyó.
A algo más de media legua, marcado a fuego sobre una agrietada tabla, pudo leer el nombre de la población a la que llevaba aquel camino: Tábara. Recordó entonces  haber oído hablar de esa bailía cuando aún vivía con su familia,pues en ella hubo un importante cenobio y la comarca fue objeto de disputa entre la Orden del Temple, a la que Doña Sancha, hermana del emperador Alfonso VII, había entregado todo el Valle de Tábara, y el Obispado de Astorga, en el primer cuarto del siglo pasado. Supuso que Tábara seguiría teniendo aún la importancia del pasado o más, por lo que podría ser un buen lugar para que Marta se hubiera refugiado allí ya que, además, la distancia  desde Santa Cristina, alrededor de siete leguas, se podía recorrer en una jornada aun no siendo jinete experto.
La iglesia de Santa María destacaba sobre el resto de construcciones, que no eran tan numerosos como esperaba. Sin duda que el pasado de la antigua bailía templaria fue más glorioso de lo que era el presente. Era tarde para recorrer las calles y hospederías, si las había, buscando a Marta, así que decidió buscar alojamiento y descansar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario