domingo, 5 de mayo de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XXVI (06.05.2013)

Aunque la probabilidad de encontrar a  Leopoldo López  en La Bañeza era mínima,  al ser esta población paso obligado para todos aquellos, peregrinos o no, que procedentes de Malgrat quisieran ir a Astorga, Iñigo Aldai no podía dejar de intentar encontrar allí a su esposa y al miserable que la raptó.
Ni él ni Lucas eran conocidos en la villa bañada por el Tuerto, a excepción de aquel Benito Riaño al que conoció en la taberna de Perucho, pero era poco probable que lo hiciera, pues aquel día había trasegado más vino del que el buen juicio aconseja como recomendable para la salud, por lo que no debían de preocuparse en exceso por ocultarse.
Cruzaron el puente sobre el Tuerto a media tarde, aunque podían haber llegado antes si no fuera que pararon en una pequeña aldea llamada Alcaidón – así  se lo dijo un zagal que pastoreaba su rebaño entre el camino y el río Órbigo  y al que compraron un queso – pues Lucas le recordó al Capitán que llevaban muchas horas sin atender la llamada del estómago y que eso no era bueno para tener la cabeza despejada, algo que necesitaban para encontrar a la Señora.
Como era domingo y no se podía trabajar en los campos- solamente se permitía atender al ganado – las calles estaban concurridas por gentes que iban y venían aparentemente sin función alguna. Abundaban los grupos de cuatro, cinco y más personas seguramente hablando de sus problemas, mientras que los omnipresentes mendigos exhibían sus malformaciones tratando de despertar la compasión que estimulara la generosidad de los que pasaban próximos a ellos.
Cerca ya de la iglesia de San Pedro, el Capitán y Lucas desmontaron y siguieron a pie su camino por la calle que llevaba al monasterio de San Salvador y fijándose en los transeúntes que llevaban la cabeza cubierta deseando reconocer en alguno de aquellos rostros semiocultos el de Leopoldo López.

Cuando se conoce el peligro y se sabe de dónde o por dónde viene, el miedo se somete más fácilmente al control de la mente, pero no saberlo es algo que produce un miedo irracional y muy contagioso. No hacía muchos días que habían sido descubiertos los cadáveres de dos hombres en la casa frente al puente. Ambos habían muerto a consecuencia de sendas puñaladas. Los dos eran vecinos de la Villa: Lupicinio, un buen hombre, joven aún, que vivía en el barrio más allá del monasterio y que dejaba viuda y cuatro hijos de corta edad. El otro, de nombre Gerondio, era hombre de mala fama, pues había sido huésped en algunas ocasiones  de la cárcel local por su comportamiento violento. Habían sido asesinados y no se sabía quien o quienes podían haberlo hecho ni por qué motivo. Los alguaciles habían realizado algunas investigaciones  tratando de esclarecer los asesinatos, pero la falta de éxito de sus pesquisas, había sido el germen que extendió el miedo entre la población. El que hubiera uno o más asesinos viviendo entre ellos pero sin saber quien o quienes podían ser, era algo muy intranquilizador, pero lo que realmente  había despertado el miedo era no saber por qué, desconocer los motivos por los que asesinaron a esos dos vecinos, pues mientras no se encontrara la respuesta a esa pregunta, nadie estaría a salvo. Cada uno podía ser una próxima víctima.

La población estaba inquieta y lo sucedido era el tema de conversación en las casas y en la calle. Los alguaciles habían concluido que, al menos, habían sido dos los asesinos y que – esto ya no era más que suposición y así lo reconocían- habiendo entrado a robar en la casa del puente, alquilada a un comerciante tortosino con medios, al encontrarse con los dos hombres, los habían matado, aunque no conseguían explicarse por qué Lupìcinio estaba en la casa, pues así como  se sabía que Gerondio era el criado del comerciante, no se conocía relación alguna de Lupicinio con el de Tortosa. Pero no era  esto lo que  más les preocupaba, sino  saber quiénes habían acabado con la vida de Lupicinio y Gerondio. Los alguaciles y especialmente Rosendo, su jefe, se sentían muy presionados y urgidos a resolver el doble asesinato – el Regidor de La Bañeza les había exigido rapidez  a fin de tranquilizar a la población - así que habían preguntado en las tabernas sobre la presencia de dos forasteros juntos  el jueves once de julio, pues fue durante la noche del once al doce cuando se perpetraron los asesinatos, pero las respuestas obtenidas no fueron las necesarias para poder avanzar en la investigación. 
En la taberna de Perucho, el tabernero le dijo al alguacil que allí entró, que el viernes, a media mañana, había llegado un forastero al que recordaba, pues le pidió una jarra de vino para uno de sus clientes habituales, el comerciante Benito Riaño y también porque le pagó más de lo debido para que diera un mensaje a un muchacho que días  más tarde pasaría por allí preguntando si tenía algún recado, pero que no sabía como se llamaba aquel forastero.
Benito Riaño dijo a los alguaciles, cuando le preguntaron por aquel forastero, que lo único que recordaba, debido a que había bebido algo de vino, era que buscaba al comerciante que vivía en la casa del puente – mi amigo Leopoldo - pero sin que le dijera los motivos, y que sus modales eran los de un caballero, pues él bien conocía como se comporta la gente de posición, ya que era pariente de Juan Vallejo, edecán del Alférez de León, pues su hermana estaba casada …

El estado de ebriedad  frecuente de Benito Riaño era  conocido en la Villa así como  su parentesco con el Edecán, relación esta que constituía el tema de conversación  con quienes  se acercaran a su mesa a compartir una jarra de vino antes de caer en el  profundo sopor que causa el vino cuando se liba en exceso, por lo que el alguacil le interrumpió cuando empezaba a explicarle la razón del parentesco.
- ¿Recordáis, por casualidad, el nombre de ese caballero?- le preguntó.
- Se que me lo dijo – balbuceó – pero no lo recuerdo y además no me sonó a nombre cristiano.
- ¿Estáis seguro que no os dijo por qué buscaba al comerciante?- insistió el alguacil.
- Estoy seguro … y si me lo dijo, no lo recuerdo – cada vez le costaba más hablar – aunque ahora me viene a la cabeza, que parece que se me va, que se llamaba Alai, Malai.. .o algo así, aunque tampoco estoy seguro.
Fueron sus últimas palabras antes de caer dormido sobre la mesa.
Rosendo le dijo a su subalterno que Benito Riaño no era hombre de mucho crédito  debido a su desmedida afición por el vino, así  como que lo que le había contado no parecía tener que ver con el caso, pues  el encuentro había sido al día siguiente y era un hombre solo; no obstante y dado que el Regidor exigía resultados, ordenó a todos los alguaciles – eran tres – que identificaran a cualquier forastero que vieran por la Villa y que si su nombre sonaba o se parecía a los que Riaño había dicho, que lo llevaran al cuartel, pues  medios allí tenían para hacer que confesase su crimen y así poder presentarlo al Regidor como causante de su preocupación y al pueblo,  de sus miedos.

Durante los días siguientes, para desesperación de Rosendo, los pocos forasteros que entraron en la Villa eran ganaderos  de Zamora  que subían al norte  con sus rebaños en busca de mejores pastos, así que su necesidad de encontrar a un culpable creíble, era cada vez más apremiante. Los alguaciles, cansados después de tantos días de indagación, patrullaban las calles con escaso celo y  si visitaban las tabernas era para beber una jarra de vino fresco, lo que el cuerpo agradecía en aquel tórrido mes de julio, utilizando como pretexto su labor investigadora. 

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