domingo, 12 de mayo de 2013


IÑIGO ALDAI Y EL JUICIO DE DIOS, LIBRO III, por Alfonso Martínez
CAPITULO XXXIII (13.05.2013)

Leopoldo López observó, con desagrado, que las polvorientas calles de aquella Villa estaban casi vacías. Un perro esquelético husmeaba entre la basura amontonada al lado de una charca de agua sucia, cuya pestilencia llegó a las fosas nasales del ex Regidor provocándole un gesto de repugnancia.
El sol aun no había empezado a dibujar las  primeras sombras de las casas sobre el polvo de las calles, por las que transitaban algunos  hombres y mujeres que  llevando horcas, hoces y bieldas se dirigían a los cercanos campos de cereal, pues en aquellas tierras el trigo se recolectaba durante la segunda quincena de julio para evitar que los excesivos calores de agosto asuraran las espigas, dañando así las cosechas, ya bastante afectadas por la presencia  indeseable de aquellas gramíneas adventicias que, como la avena, mermaban el crecimiento de la mies.
Siguiendo con la mirada a un grupo de  estos segadores, Leopoldo López pudo distinguir, a no mucha distancia, a otros sin duda más madrugadores, que con sus espaldas encorvadas avanzaban en línea campo arriba manejando con firmeza sus hoces seguidos por los agavilladores. Las mujeres cargaban sobre sus cabezas las gavillas y las llevaban a la era donde un grupo de hombres la aventaban con los bieldos de madera.
Recorrió despacio aquella calle que parecía principal y casi sin darse cuenta se encontró delante la posada que tan mala opinión le merecía al  mesonero en cuya casa había pasado la noche, y para la que, a simple vista, parecía no faltarle razones, pues en la entrada, que era de arco apuntado, faltaban algunas piedras en el pilar izquierdo y el portón estaba desvencijado. 
Decidido como estaba a no dejar sin mirar un solo rincón  o lugar en el que Marra pudiera haberse refugiado o pedido auxilio, empujó el portón que chirrió provocando el ladrido de un perro en alguna parte del interior de aquella zahúrda, pues más que posada o mesón eso le pareció que era.
El mesonero o lo que fuera aquella contrahecha figura que, alertada por los ladridos del perro, salió al patio, le espetó:
- ¿Qué demonios quieres a estas horas de la mañana? 
Aquel tono desagradable y su aspecto le molestaron tanto, que de buena gana hubiera hundido su daga en la prominente barriga de aquel sucio y maloliente individuo, pero se contuvo, pues no estaba en situación de buscarse más problemas de los necesarios mientras estuviera en el Reino de León. Un perro mestizo de color indefinido y con el costillar tan marcado que desde la distancia las costillas podrían contársele, se acercó gruñendo amenazador desde la parte trasera del patio, hecho que su influencia tuvo en la contención del ex Regidor y que a una voz del amo, se sentó a su lado sin dejar de gruñir.
Leopoldo López tardó unos instantes en contestar, pues estaba como paralizado por la visión de aquel ser de considerable cabeza y escaso cabello blanco, con unos ojos apenas visibles bajo unas espesas  cejas y, sobre todo, por su boca torcida, que mantenía abierta y de la que parecían querer escaparse dos grandes y negruzcos dientes, uno a cada lado, y que serían, sin duda, los únicos que tenía. A pesar de que se encontraba a una braza de distancia, le llegó el olor fétido de su aliento obligándole a llevarse la mano a la nariz para evitar el vómito.
Había sido un error entrar- pensó – pues Marta nunca se hubiera alojado en un lugar como aquél, ni pedido auxilio a tal individuo. Su cojera le serviría de excusa para justificar su presencia allí y aún mejor, para poder irse sin tener que la visita pudiera dejar huella en la memoria de aquel mugriento.
     - Nada en lo que me puedas servir – contestó – pues no eres el físico que buscaba y que me dijeron que encontraría en esta calle.
     -  ¿Acaso eres ciego que no has visto que esta es una hospedería?
Leopoldo López no se molestó en contestar. Dio media vuelta y salió exagerando su cojera mientras que el mesonero, de evidente mal humor, como acreditaba la patada que le soltó al perro, que escapó corriendo al tiempo que soltaba un ladrido de dolor, regresaba al interior del antro mascullando.
Convencido de que su presa no estaba en la Villa, decidió continuar su búsqueda de acuerdo con el itinerario que se había propuesto. Recogió su caballo en la hospedería,  no sin antes recordarle el mesonero lo que tenía que hacer con la mujer perturbada si por allí aparecía.
La siguiente población y la más próxima, a unas tres leguas al noroeste, distancia que recorrería en unas dos horas, era Santovenia. Cabalgaría despacio por aquella llanura, pues no quería someter su pierna herida a un esfuerzo innecesario ahora que ya no le dolía y porque el sol de aquella canícula del mil y doscientos trece no apretaría hasta pasada la media mañana, tiempo suficiente para llegar a aquella aldea de construcciones de barro levantadas sobre una suave ladera que parecía marcar el paso de la llanura a la vega del Esla.
Entró en la aldea por el norte. No había una calle principal  que condujera a la iglesia como solía ser lo habitual en casi todas las poblaciones que conocía. Las casas, de barro, aparentaban haber sido  levantadas donde a cada uno le pareció, lo que hubiera supuesto para el ex Regidor una cierta dificultad en su búsqueda, si no fuera porque su número era escaso. Una anciana, curiosa, observaba su paso  sentada en un banco de madera al lado de la puerta.
- Dime, anciana ¿has visto estos días  por aquí  a alguna mujer que no sea de la aldea? – preguntó sin bajarse del caballo.
La anciana se hizo  un gesto afirmativo con la cabeza.
- ¿Estás segura? ¿Cuándo? ¿Traía un caballo? ¿Era joven? ¡Vamos, vamos, contesta¡ - le urgió.
La anciana no contestó, sino que levantándose lentamente, le dio la espalda entrando en la casa.
- ¿Qué haces, anciana? ¡Contesta a mis preguntas¡ ¿Acaso no me has oído?- le gritó.
El sonido de la tranca al cerrar la puerta fue la respuesta a sus preguntas.
- ¡Estúpida vieja! - masculló, mientras reanudaba su recorrido ladera abajo. 
Ahora tendría que buscar por su cuenta o encontrar a alguien que le dijera dónde estaba esa mujer que, no tenía la menor duda, se trataba de Marta. La caza llegaba  a su término y con él la continuación de su plan de venganza.  
La anciana le seguía con la mirada a través de una rendija en el postigo de la ventana. La visión de los ojos de aquel hombre le había producido un escalofrío. Había algo diabólico en su mirada, por lo que decidió que lo mejor sería ocultarse lo antes posible. 
Un hombre subía por la ladera cargando sobre sus espaldas un fardo de paja, que sujetaba con una mano y una cuerda que pasaba por la frente, probablemente destinado para renovar la paja de los jergones, pues era en esa época del año, durante la siega, cuando se aprovechaba para retirar la que durante un año habían utilizado como cama y poner paja nueva.
No quería que le ocurriera lo mismo que con la anciana, así que enseñándole una moneda de cobre, le dijo:
- Será tuya si me dices dónde se encuentra la mujer que ha llegado estos días a la aldea.
El hombre miró codicioso la moneda y extendió la mano que tenía libre apuntando con el índice a una de las casas. Leopoldo López miró en la dirección señalada.
- ¿Es esa? ¿Estás seguro?
El campesino volvió a señalar la casa, sin pronunciar palabra, algo que le era imposible pues era mudo de nacimiento. Con dificultad recogió el cobre que aquel hombre le había echado al suelo mientras le veía alejarse en dirección a la casa.
Mientras se acercaba a la casa que le había señalado el campesino, el ex Regidor imaginaba la cara de sorpresa de Marta cuando le viera. Desmontó delante de la puerta que estaba entreabierta. Oyó voces de mujeres dentro. Había llegado el momento tan esperado. Notó como se aceleraba el ritmo de su corazón cuando empezó a alargar el brazo para empujar la puerta lo más lentamente que pudiera, pues él venía del sol y necesita que sus ojos se habituaran a la penumbra interior.
La inesperada claridad que llenó la estancia hizo que las dos mujeres que trajinaban en ella se volvieran mirando hacia la puerta donde una figura que no les resultaba familiar y que no podían distinguir por el contraluz, se recortaba en el hueco llegando hasta el dintel.
- ¿Quién eres, que no te vemos la cara? – preguntó una de ellas con voz no exenta de temor.
- No temas – contestó  – Solo busco a la mujer que ha llegado hace unos días y que me han dicho que se aloja aquí.
 Acostumbrado ya a la luz interior, pudo ver los rostros de aquellas dos mujeres y ninguno era el de Marta.
- ¿Dónde está? ¡Decidme dónde se halla!¡ Vamos, hablad!
- ¿Por qué  la buscas? – habló la misma mujer
- No es asunto tuyo, así que responde a mi pregunta- contestó irritado.
- Aquí no hay más mujeres que las que ves y que de nada te conocemos,  pues yo soy de esta aldea y esta otra es mi cuñada, que tres días hace que ha venido desde Villaveza, donde vive, a ayudarnos en la siega.
- No, no esa la que busco, así que no me mientas y dime donde está, pues estoy seguro que se halla en esta casa. Dímelo o ¿prefieres que la busque yo?
- Búscala tú si te apetece, que no tardarás, ya que solo hay otra estancia en esta casa,  y ni nada encontrarás ya que, como te he dicho, sólo estamos nosotras.
Leopoldo López echó un rápido vistazo a su alrededor. El lar en una de las esquinas, una tosca mesa de madera con dos taburetes y un pequeño banco y una alacena, constituía todo el mobiliario había en aquella habitación. Una cortina remendada colgaba de una de las paredes cubriendo la entrada del otro cuarto. Apartó la tela y pudo ver, a la luz de un ventano, dos yacijas y un arcón, pero no  a Marta ni un lugar en el que pudiera estar escondida.
Rabioso, salió de la casa sin decir palabra. Montó y tomó la senda que bajaba a la vega del Esla. Realmente estaba furioso, pero era con él mismo. Había sido un descuidado por no haberle pedido más información al campesino sobre la mujer que había llegado a la aldea días antes. Hubiera evitado perder tiempo y sobre todo, era lo que mas le enfurecía, haber quedado como un estúpido ante aquellas dos mujeres que, seguramente, estarían riéndose de él en aquellos momentos. En adelante  tendría que ser más cuidadoso y no dejar  que la impaciencia le dominara.
El sol caía  a plomo sobre el Esla cuando llegó a Bretó, a la orilla del Esla.

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